America, Argentina
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    Escuchar el clamor de la tierra como el clamor de los pobres

     

     

    «Así son los ricos: por haberse apoderado primero de lo que es de todos, se lo apropian a título de poseedores. Si cada uno tomara lo que cubre su necesidad, y se limitaran a dejar lo demás para quienes lo necesiten, nadie sería rico, nadie pobre» (San Basilio [330-379], homilía sobre la parábola del rico insensato)

    A lo largo de diferentes momentos de nuestra historia reciente, en momentos que nos parecían importantes pronunciar una palabra tratamos de hacer nuestra la voz y el clamor de los pobres. No somos sus delegados, pero sabemos que nuestro corazón pastoral trata de latir al ritmo de sus fiestas y duelos, gozos y esperanzas, angustias y tristezas.

    Estamos por celebrar un nuevo aniversario de la decisión de vivir como un pueblo libre, justo y soberano, en medio de un clima de desazón y desconcierto. Un clima que puede ser peligroso. Tenemos claro que hay opciones que solo serían de destrucción o de suicidio colectivo. Uno, que pretende ser candidato el año próximo, ya hizo públicas sus propuestas de reformas laboral y previsional. Pero no vemos menos desconcierto en el gobierno.

    Repetimos lo dicho en nuestro mensaje al concluir nuestro reciente encuentro nacional, nuestra opción no es por tal o cual partido o candidato o candidata, es por las y los pobres. Y creemos que, mientras algunos parece que solo se miran a sí mismos o miran con pocas o contadas aspiraciones las próximas elecciones presidenciales, el pueblo, los pobres del pueblo, no sabe cómo hacer para que llegue la comida a su mesa. Muchos recurren a comedores, llevan sus hijos a comer a las escuelas, recurren a Cáritas u otras instituciones, pero el trabajo digno, con un salario también digno es cada vez más una utopía. Creemos que el gobierno se ha olvidado de los pobres, que las políticas, dictadas desde el exterior (políticas económicas, pero también de relaciones internacionales, de infraestructura, sociales y hasta educativas), no dan respuestas y alientan el desánimo.

    No nos interesa el 2023, nos interesan los pobres, lo repetimos, y los pobres no figuran ni en las políticas oficiales, ni en los sindicatos o movimientos sociales y – menos todavía – en la oposición.

    Respetuosamente pedimos al gobierno un urgente cambio de rumbo (que, probablemente, implique cambios de nombres), y la firme decisión de enfrentar con firmeza a los responsables del hambre y la injusticia. Las enormes ganancias de los que se enriquecen con la crisis y el hambre y el temor al reclamo de socialización de las riquezas no es lo que se votó cuando dijimos ¡basta! al neoliberalismo. No hacemos sino responder al presidente que pidió que lo ayudemos a corregir las cosas que están mal. No hay injusticia sin injustos, no hay pobreza sin ricos que acumulan (al menos en nuestro país), no hay mentiras sin mentirosos, ni odio sin odiadores. Estamos convencidos que los pobres de la patria sabrán agradecer y acompañar nuevos rumbos que los tengan en cuenta. Y con ellos estaremos caminando y cantando.

    Grupo de Curas en Opción por los pobres

    24 de mayo de 2022
    (7º aniversario de la encíclica del Papa Francisco, Laudato Si
    y vísperas de un nuevo aniversario del Primer Gobierno Patrio)

     

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    Navidad: retomar sueños y utopías  

     

    “Para ustedes brillará el sol de justicia que trae la salud en sus rayos”
    Malaquías 4,2

    Celebramos una nueva Navidad. Jesús nace pobre y entre los pobres. Y la encarnación del Hijo de Dios logra que la historia esté preñada de un futuro mejor. Toda la profecía de Israel apuntará a la victoria de la luz sobre las tinieblas. La humanidad tiene promesa de plenitud en Dios.

    Ciertamente cada Navidad hace renacer en nosotros y nosotras toda esperanza. El Dios que nos revela Jesús es un Dios que siempre está naciendo, que siempre hace posible la novedad, que siempre nos propone retomar los sueños y las utopías.

    La Fiesta de la Democracia y los Derechos Humanos del pasado 10 de diciembre sirvió para esto, precisamente: retomar sueños y utopías. Y nos recordó aquello que Alberto Fernández nos dijera al pueblo hace dos años, el mismo día en que asumía como Presidente de la Nación:

    “…quiero también convocarlos a que si alguna vez sienten que me desvío en el compromiso que hoy asumo salgan a la calle a recordarme lo que estoy haciendo. Les prometo que volveré a la senda sin dudar un solo instante…”

    Recorriendo las palabras del presidente nos sensibiliza la prioridad expresada hacia los marginados y excluidos; y el pago de la deuda externa supeditado al crecimiento del país; así como también el anhelo de la regularización del hábitat y la construcción de viviendas, entre otros temas. Ese discurso nos llenó de sanas expectativas. No es nuestra intención situarnos como fiscales del gobierno nacional, pero sí retomar un tema urgente tan cerca de la Navidad. Necesitamos volver a creer en este “Nunca Más” que propuso el presidente.

    Dijo Alberto ese día:

     “…Hemos visto el deterioro judicial, en los últimos años; hemos visto persecuciones indebidas y detenciones arbitrarias inducidas por quienes gobiernan y silenciadas por cierta complacencia mediática… Nunca Más a una justicia contaminada por servicios de inteligencia, “operadores judiciales”, por procedimientos oscuros y linchamientos mediáticos. Nunca más a una justicia que decide y persigue, según los vientos políticos del poder de turno. Nunca más a una justicia, que es utilizada para saldar discusiones políticas, ni a una política, que judicializa los disensos para eliminar al adversario de turno… porque una justicia demorada y manipulada significa una democracia acosada y denegada.”

    La Corte Suprema de Justicia, con tan sólo cuatro miembros (dos de ellos puestos originalmente a dedo por Macri y, además, autovotados para presidirla)  y sólo constituida por varones, no da garantías de imparcialidad alguna ni la posibilidad de hacer verdadera justicia en temas muy sensibles para la sociedad.

    Milagro Sala sigue siendo una presa política. Y el sistema judicial no termina de dar señales de la necesaria independencia de poderes. La justicia sigue siendo “demorada y manipulada”, “utilizada para saldar discusiones políticas”. Lejos quedamos los comunes mortales de poder desentrañar por qué se demora esta justicia que espera Milagro y tantos y tantas hermanos y hermanas.

    Soñamos esa justicia que esperan, en primer lugar, nuestros hermanos y hermanas más pobres. Sí, “que se abran esas prisiones injustas”, como proclamaba el Profeta Isaías (58,6).

    Pero también hay otros temas que nos surgen, cercana ya la Navidad. Contemplamos el pesebre en el que Jesús nace, indefenso y sin un techo seguro.  Es urgente que diputados y senadores sesionen y avancen ya con algunas leyes fundamentales, en un país donde sobra la tierra, pero está distribuida de modo injusto y desigual: y como se hizo con la Ley Nacional sobre Personas en situación de calle y familias sin techo, se aprueben también la Ley de Acceso a la Tierra, la ley de humedales, la ley de envases,  la prórroga de la Ley de Emergencia Territorial Indígena 26.160 y la Ley de Tierra, Techo y Trabajo, entre otras urgentes.

    En esta línea, también repudiamos todo avasallamiento contra las comunidades de pueblos indígenas y sus derechos. Las muertes mapuches en el sur de nuestra patria ensombrecen la celebración del Dios que busca nacer en medio nuestro.

    No será feliz nuestra Navidad con presos y presas políticas, ni con hermanos y hermanas indígenas atropellados y atropelladas en sus derechos, ni con hermanos y hermanas en situación de calle, sin tierra, ni techo, ni comida, ni trabajo; ni con un país cuyo futuro esté condenado a muerte por la avaricia de empresarios que no miran otra cosa que su renta o por la exigencia de pagar la deuda con el FMI (una deuda fraudulenta que debería ser pagada con el patrimonio de quienes la contrajeron de manera inconsulta con el pueblo). No será feliz la Navidad con multimedios de comunicación que, mientras reciben suculenta pauta publicitaria oficial, se encargan de demoler todo signo de esperanza. No será feliz la Navidad si un minúsculo grupo de los más ricos de la patria persisten en negarse a aportar una ínfima parte de sus bienes para aliviar apenas un poco los dolores de tantas y tantos. No será feliz la Navidad mientras sigamos velando a víctimas de “gatillo fácil” o de femicidio en nuestros barrios. No será feliz la navidad sin una urgente y necesaria reforma del poder judicial, tan lento hoy para juzgar a los poderosos y tan veloz en condenar a los y las pobres (los abundantes ejemplos de esto lastiman los ojos y hieren la paz interior).

    En el Misterio de Jesús, “Sol que nace de lo Alto” (Lucas 1,78), trabajemos para disipar la tiniebla de toda infelicidad. Queremos anunciar a todo nuestro pueblo una Buena Noticia, esa que viene con Jesús, pero no ignoramos que hay circunstancias y personas que no hacen sino obstaculizar o impedir este anuncio. A estos los queremos llamar a la conversión, o a someterse a un poder judicial independiente que añoramos; y a los y las pobres de la patria repetirles con Jesús que él vino para que haya “vida y vida abundante” (Juan 10,10) y que queremos caminar con ellos en la búsqueda de esa vida, de justicia y de paz, para todas y todos.

     

    Grupo de Curas en Opción por los Pobres
    Diciembre 2021

     

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Categoría padre: ROOT
  1. Sobrino

 San Ignacio solía preguntarse a dónde voy y a qué. Voy a la Argentina, me invitaron pero todavía no se había desencadenado todo lo de diciembre. Vengo de El Salvador donde ha pasado de todo: no conozco algunas cosas particulares de la Argentina, pero sí conozco lo que pesa la historia hasta aplastar a mucha gente.

Con toda razón hablamos de la esperanza, pero para eso queremos hablar de Jesús y del espíritu para vivir con esperanza.

Kant decía que había que hacer 3 preguntas: ¿qué podemos saber? Es una de ellas. Para tener esperanza hay que tener honradez con lo real; para responder qué podemos saber es necesaria esa

honradez. Queremos ver los brotes de vida, y más en cristiano decimos que el pobre tiene como garante a Dios. Dios ha echado su suerte con el pobre y eso es honradez con lo real. ¿Qué debemos hacer? Bajar a los crucificados de la cruz, como decía Ellacuría. Porque el que hace puede tener esperanza, el que no hace ciertamente no. La 3ª pregunta de Kant, ¿qué puede esperar el ser humano? Los primeros cristianos lo formularon sencillamente: “pasó haciendo el bien”, y “ustedes lo mataron”, “no murió en un accidente de auto” (Boff). Pero Dios reacciona devolviéndole la vida. En la resurrección hay un signo de esperanza para las víctimas. Hay una cuarta pregunta, ¿en qué podemos tener voz? En vivir con la libertad de los resucitados. En mi opinión, en el modo que tengamos de ver a los pobres, de hacer algo por ellos, en eso se juega que la fe cristiana sea fe. Si los pobres no están en el centro, la fe se transforma en una “religión civil”, no una “fe cristiana”.

 

Empecemos por lo último. Esto de poner “a los pobres en el centro” se ve muy raramente en facultades de teología, en curias, en el Vaticano. Eso que debiera ser lo obvio, ocurre como los milagros, raramente. Pero eso no sólo ocurre en la vida práctica; se empezó a pensar el cristianismo de manera que no hubiera que poner a los pobres en el centro. Metz habla de que el cristianismo de ser una religión sensible al sufrimiento pasó a ser una religión sensible al pecado; su mirada no se dirige tanto al sufrimiento como a su culpa; lo que entumece la sensibilidad ante el sufrimiento ajeno y oscurece la mirada de sensibilidad ante toda hambre y sed. Ya no aparece la mujer sufriente por el dolor de la hija, sino el dolor por su pecado; y Jesús no perdonó pecados sino que se ocupó del sufriente. “Tienen hambre... denles de comer”. El sufrimiento es lo que llega al corazón de Dios; pero luego pasó a centrarse en el pecado. Y luego viene el “mega-pecado”, los hipócritas que ponen cargas intolerables, que esquilman a las viudas... como no se pone el sufrimiento en el centro (no “una cosa” sino “el centro”). Tengo la impresión que la democracia, cuando funciona bien, debe poner en el centro a los pobres. Habitualmente a lo sumo los pone en segundo lugar; y por no ponerlos en el centro, no tenemos sociedades sanas. Por ejemplo, muchas veces hay discursos que le dan mucha importancia al indígena, pero no llegan a ponerlo en el centro.

¿Cómo veo la pobreza? Se puede reducir la pobreza a algo importante pero que no es lo central. En tiempos de Jesús “el pobrerío” es multifacético. ¿Quiénes eran? Un teólogo de Sri Lanka los especifica: los excluidos: los marginados religiosos, los oprimidos culturalmente, los dependientes socialmente, los discapacitados, los atormentados psicológicamente... todos aquellos para quienes la vida es una carga pesadísima. Hoy podríamos decir que pobres son aquellos para quienes la vida básica es un problema grave (hablemos de la desocupación, el hambre, el SIDA, la guerra del coltán en el Congo [1.800.000 muertos]). Otro problema es la indignidad, que es el desprecio que sufren muchas personas. Por ejemplo el agravio comparativo: el 11 de febrero hubo un terremoto en El Salvador. Ese día el diario tituló en España que 600 millones de dólares estaban en el césped de un partido de fútbol y explicaba los costos de cada equipo; eso es 3 o 4 veces el presupuesto del Chad. ¿Cómo va a ser que en Boston se gasten 420 veces más en el nacimiento de un bebé que en Etiopía? Esa es la indignidad, y la sufre quien la sufre. En el Comité de Concilium hay una doctora negra que en la última reunión terminó casi llorando. El que sufre la indignidad, simplemente la sufre. Otro elemento es tener palabra. Sabemos que el que no tiene dinero no tiene posibilidad de expresión, y por eso no tiene palabra. La realidad forcejea para tomar la palabra. Eso es una expresión de la pobreza; no tiene palabra. Romero quería ser voz de los que no tienen voz; y por eso molestan tanto a los que tienen el monopolio de la voz. Hay que recuperar el peso específico de la palabra. Lograr que hable el in-fans, el sin palabra. Y los que no tienen nombre; los pobres no tienen nombre, se da por supuesto que no tengan nombre. En Washington hay paredes con los nombres de los ciudadanos que murieron en Vietnam; en El Salvador no se sabe quienes fueron los muertos. Eso implica que no existen. Es el acto des-divinizador por antonomasia, Dios es quien pone nombre. No tienen entidad, no cuentan en la historia. En la parábola del rico y el pobre, el rico no tiene nombre, mientras que el pobre sí tiene nombre, Lázaro.

Este tema de los pobres tiene una dimensión teologal absoluta. Si los pobres son pobres en todo, si no contamos con fuerzas políticas, recordemos que en esto está Dios.

Para Jesús, a quien generalmente van los carenciados a que les solucione algo, Jesús al decirle a la mujer “tu fe te ha salvado”, le dice que algo tiene; cuando muestra a la viejita pobre en el templo... ¿Qué era Buena Noticia para Jesús? ¿Qué había en la mujer siro-fenicia? Cuando en El Salvador ocurrió el terremoto, ¿qué veíamos allí? Instinto de vida. ¿Por qué no hay suicidios colectivos en África? Porque tienen algo, no se dejan vencer del todo. Eso es una suerte de “santidad primordial”; ¿qué tienen? ¿virtudes heroicas? ¡Vida heroica! ¿Cómo se transforma eso políticamente? No es idealismo, es realidad. Cuando un niño ha perdido todo, a su familia, su casa (en el África) sólo le queda matar o comer (por ejemplo en el caso de los niños soldado).

 

 

Decimos que hay que “bajar de la cruz a los pueblos crucificados”, que queremos “que quepan todos”. Decir que ponemos a los pobres en el centro significa que en el centro de la respuesta debe estar la compasión y la misericordia. “Bajar de la cruz” es hablar de la misericordia. Es palabra de Ellacuría, en 1981 estaba en Valladolid hablando de las Iglesias latinoamericanas que interpelan a la Iglesia española: “ya que soy jesuita permítanme terminar como hace Ignacio en la meditación sobre el pecado: ¿cómo terminamos? Poniéndonos delante de un muerto, y preguntarnos qué puedo hacer, que voy a hacer... pongámonos delante de un pueblo crucificado. ¿Qué hemos hecho nosotros? ¿qué estamos haciendo para que resucite? ¿cómo vamos a hacer para que baje de la cruz?” De allí viene la metáfora.

Voy a empezar reflexionando de fútbol. Los pobres nunca ganan el campeonato. A lo sumo pueden llegar al segundo puesto, pero nunca ganar el campeonato. La tendencia a no hacer de los pobres lo fundamental es clara. Jesús predicó el Reino de Dios que –según muchos expertos, como J. Jeremías que en su Teología del N.T. dice que al anunciar el reino que alborea, se dirige a los pobres. Es “únicamente para los pobres” dice subrayando. ¿Cuál es una manera elegante de pasarlos a segundo plano? Desvirtuando un poco o mucho el Reino de Dios. Se pone en el centro a Jesús y su relación con el Padre –Jesús no se predicó a sí mismo- y se desvirtúa su relación con el Reino de Dios. Se lo ve en lo vertical y la llamada horizontalidad va desapareciendo. En Hechos va desapareciendo, lo mismo en Pablo y Juan. Lo que va ocurriendo es que las comunidades cristianas van hablando de Jesús sin mencionar el reino, lo que implica el peligro de quitar a los pobres del centro. Así Orígenes va a decir que Jesús es el auto-basileia. Reino es que los seres humanos vivan entre ellos como Dios quiere. No puede haber reino si no hay pobres en el centro. Los sinópticos recuperan el Reino de Dios, lo que es muy importante. Olvidar el reino es olvidar elegantemente a los pobres. Si se recupera el Reino de Dios la cosa cambia. En realidad el reino se caracteriza por los signos que va a tomar ese reino. Y como se hacen contra los signos del anti-reino eso alienta la esperanza de poder salir, como se ve en las llamadas curaciones. ¿Cómo suelen narrarse esos milagros? Suelen presentarse y “chantajean” a Jesús: “ten misericordia”. Es el modo de acercarse del pobre a Jesús. La compasión aparece como algo central cuando Jesús quiere hacer presente el reino de Dios. Y es el centro de su comprensión: “sean misericordiosos como es el Padre”. Jesús habla bastante de la misericordia, teoriza bastante eso, especialmente en Lc. Para definir a Jesús hay que echar mano a la misericordia, es el moverse las entrañas (splajna). Así Lc cuenta la parábola de aquel que se quedó sin dinero y se puso a trabajar y su padre, que lo vio de lejos, se le movieron las entrañas. Dios es uno que cuando ve a alguien con la cabeza baja se le mueven las entrañas. Y también hay un levita que quiere interrogar a Jesús y se excusa preguntando ¿quién es mi prójimo? Hay una víctima en el camino –sin víctima no hay parábola- y un sacerdote y un levita no se detuvieron; en cambio, pasó un infeliz, un ser humano como Dios manda, que hace todo lo que hace –ya que quiere explicar quién es el prójimo; cosa que no explica- porque “se le removieron las entrañas”. Ciertamente no es un mero sentimiento, es un movimiento que hay que historizarlo según sea la víctima en el camino, especialmente si es un sujeto colectivo. La misericordia historizada es aquello que plantea Mt 25 donde se decide la suerte. Ante las víctimas hay una llamada; Metz lo plantea como la autoridad de los sufrientes: ¿Ud. por qué se siente autorizado a hacer esto? Es porque los sufrientes tienen autoridad (autoridad doctrinal de los pobres, dije una vez). Allí donde hay sufrimiento surge una obediencia. Ob-audire, es salir al encuentro de una palabra. Obedecer al pobre es salir al encuentro de su palabra.

La profecía es una manera de defender a las víctimas. Cuando ofenden y engañan al pobre, la voz es misericordia. ¿Por qué hablar? Para dar voz a los enmudecidos. Porque esperamos que discurriendo podamos defender a una víctima; es una razón compasiva. La misericordia, por tanto, tiene sus praxis. En América Latina tiene experiencias de centenares y miles que mueren por defender a otros. Hay 17 sacerdotes, 5 religiosas en El Salvador que fueron consecuentes y dieron testimonio de la fe. Tuvieron que confrontarse con ser o no consecuentemente misericordiosos. Los mártires son tenidos en cuenta si los mata “la República”, pero hubo centenares de muchos que los mataron por defender a las víctimas. Y no poner esto en el centro es un desatino; eso es la misericordia. No es la sangre derramada la que produce un bien sino que expresa un bien, expresa un gran amor. Si no se entiende hay una falla muy grande. Eso es lo que implica bajar de la cruz al pueblo crucificado.

Pero la Iglesia ha ido por otro camino, y en vez de poner en el centro la misericordia –con lo que sería verdaderamente Iglesia- se busca el éxito en movilizaciones, canonizaciones, en lo exótico (lenguas...); el peligro es que la Iglesia va por allí –y allí hay muchas cosas buenas- y no por la misericordia.

A los mártires los han matado, pero no murieron por la fe, y se pasó a la idea de mártires por la justicia. K. Rahner en el ’83 escribió un artículo sobre el significado del martirio preguntándose por qué no lo serían Romero y otros y hasta el Papa lo debió decir. “Mártir” es análogo, es una manera de participar de una realidad, de muerte, son los que en vida se parecen a Jesús, y en muerte se parecen a Jesús. Y ¿qué pasa con los que los matan “inocentes”? Son la inmensa mayoría, son los que en vida han cargado con el pecado del mundo, han tenido hambre, mala salud, como el Siervo de Yavé y al final mueren sin nombre... Hay un cierto elitismo si recordamos a Romero y no a los 50.000 indígenas de Guatemala. Hay que hacerse un lugar para todos estos; lo que no podemos hacer es dejar de poner al pobre y la víctima en el centro –sea el rubro que sea, teológico, pastoral, curial-...

 

 

En la historia hay diversos escenarios de esperanza. Uno es cuando el corazón empieza a soñar utopías pensando en algo que debiera hacer frente a la realidad que se vuelve insoportable. Ese sueño (Platón, Isaías, Tomás Moro, Luther King) es característico de los seres humanos. Pero miremos otro horizonte, ambos centrados en Jesús (hablaremos de la esperanza como espíritu de los seres humanos). Debe haber espíritu de esperanza para que haya esperanza de lo real.

Jesús tiene ese modo de ser; va comunicando esa esperanza que él tiene. Jesús decía esperanza, ¿de qué? De que las fuerzas del mal, que allí están, pueden ser vencidas. Ese es el modo fundamental de generar esperanza. Sean las posesiones o las fuerzas del mal más históricas como las estructuras temporales como el honor, y el desprecio. ¿Cómo las vence? Comiendo con ellos. De todos modos, Jesús fue viendo que eso no era fácil. Así la persecución a Jesús aparece creciente. Es que Jesús “se las buscaba”, cura en sábado, en las 5 controversias de Mc 2-3 por lo que “fariseos y herodianos se confabularon para eliminarlo”. Por su parte, Lc agrega que “buscaron despeñarlo” desde su discurso inaugural. Es que Jesús desde el principio muestra que las cosas pueden ser diferentes. Jesús no comienza a predicar “terminado el seminario” sino una vez apresado el Bautista, que probablemente haya sido el que lo introdujo en lo religioso. Es como cuando decimos “muerto Rutilio Grande apareció mons. Romero”. Es que la esperanza de Jesús fue todo menos esperanza ingenua. En el final de los Sinópticos también encontramos 5 controversias. Ciertamente esto lo lleva a la muerte, que no es presentada de ningún modo placentero. No es la muerte de Sócrates o de un héroe; es una muerte terrible, pero Jesús mantiene la esperanza hasta el final. Sólo con esperanza podemos dar esperanza. Es el caso de Jeremías, en sus desventuras. En 11,21; 15,10; 20,14 vemos lo terrible del profeta, pero que mantiene la esperanza. Sin embargo se reconoce “seducido” por Yahvé; aunque trataba de ahogarlo no podía. Si bien no es el lenguaje de la esperanza, todo está en juego: la vida, todo. Volviendo a Jesús, vemos que muchas veces no lo comprenden, pero sacaba su fuerza del Abbá. Parece que Jesús se equivocó en la espera del reino, como se ve en la Cena, pero mantuvo la esperanza.

Después de muerto, se narran las apariciones del resucitado. La resurrección es el símbolo cristiano por excelencia de que para las víctimas hay esperanza. La idea de que con la muerte la cosa no acaba no es lo específicamente cristiano; es el mensaje a las víctimas. Dios reacciona y devuelve la vida a la víctima. No es un cadáver sino una víctima, lo que indica que las víctimas tienen esperanza. Si somos víctimas o solidarios con las víctimas eso significa que hay esperanza. Eso indica que la injusticia puede ser superada, que el poder de la negatividad no tiene la última palabra, que el caos no es lo último. La esperanza tiene una dimensión práxica, no es para mí. El que tiene esperanza tiene que hacer algo. Se pone a producir. La causa de Jesús sigue (W. Marxen); si cree en ello le sale de lo más hondo. Así se puede entender la historia como promesa. La tradición cristiana nos dice que como Jesús fue víctima, Dios lo oye. La raíz no es el optimismo, el cálculo, sino la esperanza. No toda vida es ocasión de esperanza, pero si lo es la vida de Jesús cargada de amor (J. Moltmann). Romero –que estaba en un país de muerte- decía: “la Iglesia espera con seguridad, esos desaparecidos aparecerán... el dolor de estas madres se convertirá en paz... en medio de tanta angustia, ¿no hay salida para El Salvador? Yo, lleno de esperanza no sólo divina sino también humana digo que sí hay salida, pero que no se cierren esas salidas. Gracias a Dios la voz ha resonado: ‘es mi Hijo, escúchenlo’. Y verán queridos pobres, queridos marginados... cómo está fulgurando la aurora de la resurrección. Por eso mi palabra quiere ser palabra de esperanza”. En realidad no dice nada, pero en eso pone a la gente en tesitura de hacer algo, que es el principio de la esperanza.

 

 

¿Cómo vivir como resucitados en la historia? Lo escatológico ha ocurrido, ¿pero se nota en la historia? Dios hace algo en serio y nadie lo nota. Hace 30 años estaba en el noviciado. Ellacuría hablaba del seguimiento de Jesús, y les decía que hay que vivir como resucitados. Pero en la historia se debe notar algo de plenitud, algo que se ha superado. Esto en realidad no es algo nuevo, Pablo decía que lo único que sé es Cristo resucitado, pero algunos pensaban que ya habían resucitado por lo que no hay que esperar resurrección, por lo que la negaban. Es mal entender lo de vivir como resucitados. En la antigüedad nos decían que el voto de castidad significa que no tenemos la corporeidad normal y vivimos como ángeles en el cielo. Vivir como resucitados significa que algo se ha renovado en la historia. Más resucitado vive quien más mayor vive ya que es la máxima superación posible de la esclavitud.

Es vivir con esperanza. Es una chispa que no nos hace salir de esta tierra pero sí poner las manos para avanzar. Lo terrestre significa por ejemplo oprimir la verdad (Romanos), ser entregados a todos los desmanes. La diferencia es gozar en la verdad. Decir la verdad, superar las trampas, las falsas democracias, hace que uno no sea “terrestre”. Por ejemplo mons. Gerardi empezó a generar vida cuando dijo “vamos a empezar a decir verdad”. Otros, en cambio no están asentados en la verdad, sino en el poder, por ejemplo económico. La tercera es la honradez. Ser honrado con lo real, eso significa que muchas veces encubrimos la verdad. De allí el desenmascaramiento de la verdad. ¿En qué orden se violan los mandamientos? ¿cuál es el dinamismo del mal? Normalmente se viola primero el séptimo. Pero simultáneamente al matar viene el encubrimiento, se miente. La persona honrada es aquella que respeta el 8° mandamiento y desenmascara el encubrimiento. Vivir en la honradez es vivir en plenitud.

La cuarta cosa es la libertad. La libertad es que nada va a ser obstáculo para hacer el bien. Libertad es no tener ataduras, pero para hacer el bien. Así hay victoria...

G. Gutiérrez cuenta que estuvo en un barrio de Lima y que un señor le dijo “nosotros sufrimos mucho, pero estamos alegres, porque lo contrario de la alegría es la tristeza, no el sufrimiento”.

Quiero destacar el tema de la solidaridad. En lo personal importa, pero no hay mucha precisión en el término. Solidaridad no es ayuda. Ayuda supone dar pero no supone darse. Ayudar, además, es unidireccional; es uno el que da. Que puede esconder incluso hipocresía. Pero no se le ocurre, por tanto, que vaya a recibir nada. Solidaridad no es tampoco juntarse gente. Es una realidad antropológica, es una realidad entre desiguales de modo que se llevan mutuamente de modo que unos dan a otro lo mejor que tienen, y unos reciben de otros lo mejor que ellos tienen. Es estar abiertos a dar y a recibir. Por ejemplo, para Europa es mucho más difícil recibir que dar. ¿Qué noción tiene Europa de sí misma de manera de pensar que puede recibir algo de El Salvador? Europa tiene, entonces prepotencia, arrogancia. ¿Nosotros recibir de esos pobres analfabetos? Por eso muchos cuando entran a los barrios y comparten descubren que reciben más que lo que han dado. Se recibe, y se da: dan médicos, dinero, salud, y reciben un sentido de la vida, un modo distinto de vida. Durante la guerra había gente que en los refugios pasaban más de un año sin ver la luz. Fueron unos ingleses que les dieron gestiones que les permitieron salir. Pero qué recibieron: un abrazo, un vaso de agua, y poco más. La cosa es que unos dan unas cosas y otros otras. Es un activo estar al alcance del otro. Pero ocurre algo tan hondo que algo ocurre. El sacerdote no me va a llevar a Dios porque Dios ya está. ¿Por qué se necesitan es otra cosa? Todo aquel o aquella que ayuda o expresa el acercamiento de Dios a la historia es sacerdote. Luego sí hay un sacerdocio cristológico. La fidelidad, la compasión, la solidaridad son sus características. Cualquiera que ayude a acercar a Dios en ese sentido es sacerdote.

Ellacuría escribió esta idea: “este mundo se ha organizado según la civilización de la riqueza. Eso es el progreso. Pero esa civilización ha fracasado, como el hambre del mundo lo demuestra. Por tanto hay que oponer una civilización de la pobreza”. Es decir que hay que empezar a ver el mundo desde otra perspectiva. La primera supone que los bienes son inagotables e ilimitados, pero como no lo son hay que proponer otra civilización. Esto de Ignacio no ha sido seguido como si fuera una cosa rara. El espíritu humano no se agota en esa línea. Es un grave error creer que nos vamos a civilizar en la riqueza.

Cuando caminamos en la historia, con el misterio santo, con el que guarda memoria, el servicio, hay una reserva que no se agota cuando caminamos humildemente con Dios. Es una invitación a vivir en la historia en plenitud. Tener el humilde convencimiento de que la realidad puede dar de sí, puede dar resurrección. Quizá eso introduce algo en la historia.

 

- (pregunta) ¿podes poner ejemplos concretos de la civilización de la pobreza?

- No, concretos no. Pero veamos: “la pobreza ya no sería la privación de lo necesario debida a los grupos que acumulan, sino un estado universal de cosa donde se garantiza la satisfacción de las necesidades básicas, fundamentales. Que estén garantizadas la libertad de las opciones personales. Y un ámbito de creatividad personal, de no ser objeto que consume sino que permita las diferentes formas de vida y cultura. Esta civilización de la riqueza nos engañó de todas formas. Una solidaridad que comparta con la naturaleza, los hombres y con Dios. Hay que buscar un espíritu que no se verá ahogado por el ansia de tener más que el otro; ansia concupiscente de tener toda suerte de superfluidades. No nos engañemos, esa no es la cultura. Por estar más desarrollados, no por ello son más plenamente humanos” (Ellacuría). Ignacio de Loyola habla de los dos caminos. Uno es la riqueza, que suele llevar a honores, y de allí a la soberbia y luego todo lo demás. Y hay otro camino que empieza en la pobreza, allí hay un dinamismo distinto. Y eso le impide caer en la arrogancia lo que lleva a la humildad. Hay modos distintos, y si se empieza como principio con la riqueza, eso lleva a cualquier cosa menos a ser más humano. Eso es lo que quiere decir. Este mundo no va a un camino de humanización.

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