America, Argentina
Categoría padre: ROOT Categoría: Teología India

UNA MISIÓN DESCOLONIZADORA DE NUESTRAS MENTES

EN RELACIÓN A LOS INDÍGENAS

  1. Eleazar López Hernández,

Centro nacional de ayuda a misiones indígenas, México, 2009.

 

Introducción

En Aparecida 2007, los pastores de la Iglesia latinoamericana nos invitan a descolonizar nuestras mentes en relación a los indígenas. Y confiesan que la historia de la evangelización en América Latina registra una deuda de la Iglesia en relación a los pueblos originarios, pues en lugar de reconocer sus culturas y religiones como lugar donde debíamos identificar y acoger las “Semillas del Verbo”, éstas fueron satanizadas y atacadas por los misioneros. Hoy la teología india se va abriendo camino como expresión del esfuerzo de un sector de la Iglesia por llevar a cabo una evangelización en clave inter-cultural e inter-religiosa y, sobre todo, en búsqueda de la pluriculturalidad eclesial. Los indígenas, dice Aparecida, “esperan ser tomados en cuenta en la catolicidad”. Por eso en América Latina y El Caribe el cristianismo precisa asumir también el rostro indígena, según su cultura y de acuerdo a la matriz de su experiencia religiosa, obra del Espíritu, que hace converger todo hacia Cristo. Los indígenas tienen mucho que decir a los cristianos,  sobre todo en relación a lo humano y al cuidado de la vida y del mundo; pero también en relación a Dios mismo, ya que estos pueblos en su largo proceso de vida se han sentido animados por la presencia multiforme de Dios, que ha sido la razón de ser de sus esfuerzos y luchas.

 

En orden a esa descolonización de las mentes y al servicio de la “Misión continental”, comparto aquí algunos planteamientos de la Teología india, que nos ayuden a todas y todos a mirar con nuevos ojos el aporte teologal de las hermanas y hermanos que son de la Iglesia y proceden de las comunidades indígenas de este Continente, sabiendo que profesamos en la Iglesia la misma fe en nuestro Señor Jesucristo. Pero reconociendo también lo que ya afirmaba el Papa Juan Pablo II en 1981: “Está en conformidad con la tradición constante de la Iglesia el aceptar de las culturas de los pueblos, todo aquello que está en condiciones de expresar mejor las inagotables riquezas de Cristo. Sólo con el concurso de todas las culturas, tales riquezas podrán manifestarse cada vez más claramente y la Iglesia podrá caminar hacia un conocimiento cada día más completo y profundo de la verdad, que le ha sido dada ya enteramente por su Señor… Es mediante la «inculturación» como se camina hacia la reconstitución plena de la alianza con la Sabiduría de Dios que es Cristo mismo. La Iglesia entera quedará enriquecida también por aquellas culturas que, aun privadas de tecnología, abundan en sabiduría humana y están vivificadas por profundos valores morales.” (Familiaris Consortio, 10).

 

El Papa Benedicto XVI, al inaugurar Aparecida en 2007, señaló que “la sabiduría de los pueblos originarios les llevó afortunadamente a formar una síntesis entre sus culturas y la fe cristiana que los misioneros les ofrecían. De allí ha nacido la rica y profunda religiosidad popular, en la cual aparece el alma de los pueblos latinoamericanos… Todo ello forma el gran mosaico de la religiosidad popular que es el precioso tesoro de la Iglesia católica en América Latina, y que ella debe proteger, promover y, en lo que fuera necesario, también purificar”.

 

Ser de la Teología india[1]

Toda teología, india o no india, cristiana o no cristiana, asume como tarea primordial hablar de la experiencia de Dios que tenemos las personas y las comunidades creyentes; así damos razón de la esperanza trascendente que anima nuestra vida en medio de los trajines del tiempo y del espacio en que nos movemos. La teología no nace del conocimiento frío y abstracto de Dios como una realidad objetivada, que se halla frente a nosotros, sino de un contacto personal y cercano con Aquel que nos llena y nos envuelve con su ser y con su actuar.  Hablar de teología como ciencia no es para señalar (como pretenden otras ciencias) que ella resulta de una medición rigurosamente aséptica de las cualidades de Dios mirado en sí mismo, - lo cual además es imposible por nuestras limitaciones humanas frente a la grandeza de Dios, objeto de conocimiento de esta ciencia llamada teología - , sino que es fruto de un abrazo vivificante del amor divino hacia nosotros; es resultado de haber experimentado y saboreado la ternura y misericordia del Creador o Formador de todos, del Salvador del mundo. No se puede hablar de Dios, si antes no se ha hablado con Dios descubierto en la vida, si no se ha caminado con Dios en su proyecto del Reino y de la vida en plenitud.

La teología, por ser palabra que intenta explicar el encuentro entre la inmensidad divina y la finitud humana, es siempre una aproximación limitada, por causa de nosotros, hacia Aquel en quien vivimos, nos movemos y existimos[2]; Quien está a la izquierda y a la derecha, atrás y adelante, abajo y arriba de nosotros; El Que está cerca y junto, y que habita en nuestro corazón; ese Ser que es primero y que lo rebasa todo. Por eso hemos de reconocer que es una tarea casi imposible comunicar a los demás el misterio de Dios que disfrutamos. Ya que toda teología queda aprisionada en el empeño de querer encajonar una realidad que no cabe en ninguna de las categorías del conocimiento humano; de ahí la necesidad de ir más allá del lenguaje discursivo que se preocupa por elaborar ideas claras y distintas que sólo se aplica a las cosas físicas, para lanzarse a navegar por el lenguaje simbólico y la analogía en orden a darse a entender aplicando a Dios las mejores metáforas de la experiencia humana.

En la lógica cristiana reconocemos como punto de partida que Dios, siendo absolutamente trascendente, se comunica y nos salva saliendo al encuentro de nuestras limitaciones y utilizando las mediaciones que están a nuestro alcance, hasta el grado de enviar a su Hijo que se mete totalmente en nuestra realidad humana y aparece enteramente semejante a nosotros, menos en el pecado. La teología cristiana supone necesariamente un don sobrenatural que subsana nuestras deficiencias naturales para comprender la revelación plena de Dios en Jesucristo.

Tomando eso en cuenta lo que llamamos Teología india es la vivencia, celebración y comunicación de la experiencia de Dios que acompañó a nuestros antepasados en su largo proceso de nomadismo, de sedentarización y de altas civilizaciones y culturas; es la sabiduría sobre Dios que ayudó a nuestros abuelos a mantener la resistencia y la  identidad propia en el contexto de la conquista y colonización europeas; y es también la perspectiva religiosa que orienta y da sentido trascendente a nuestra lucha actual por ganarnos el lugar que nos merecemos en la sociedad y en la Iglesia. Con la Teología india nuestros pueblos recibieron el aporte de la iglesia misionera que, hace más de 500 años, llegó acá trayendo, en medio de luces y sombras, su testimonio de ser depositaria de la presencia y de la acción salvífica de nuestro Señor Jesucristo.

En consecuencia, la Teología india no es de ahora, sino que ya lleva un largo andar de siglos y milenios, pero es tan nueva y actual para las comunidades indígenas porque sigue respondiendo a sus necesidades de hoy. No es fruto de coyunturas sociales o eclesiales porque nace y echa raíces en el terreno mismo de la existencia indígena, pero se ajusta a las coyunturas del momento asumiendo los retos y desafíos que de ellas resultan. No surge de la Institución eclesiástica porque es anterior a ella y es teología popular, pero se mueve y se acondiciona dentro de los espacios eclesiales, en donde le permiten reproducirse. No es de libros porque se apoya en la tradición oral de las sabias y sabios de los pueblos, pero está aprendiendo a expresarse también en la escritura y lógica de libros. Germina y florece en los cerros, pero también la podemos llevar a las ágoras y plazas de las ciudades. La Teología india es singular porque los pueblos de este continente nos hemos hermanado en la unidad de nuestra herencia milenaria, en la unidad del dolor provocado por los  500 años, y en la unidad de nuestras luchas actuales por la liberación; pero la Teología india sigue siendo plural pues adquiere muchos rostros concretos según el contexto económico, social, cultural y religioso de cada comunidad y de cada momento.

La Teología india, aunque siempre ha existido, no siempre ha sido considerada en su justo valor, a veces ni siquiera por los mismos indios. En 1990[3] ella resurge en la Iglesia sacudiéndose los polvos del camino o de los rincones de la casa donde se la había relegado; y a partir de entonces ha hecho un rápido recorrido que la ha llevado a ser tema de interés creciente en asambleas, congresos, simposios, conferencias episcopales y eclesiales. Ya en Santo Domingo (1992) se habló de ella indirectamente, pues la Iglesia se comprometió con los pueblos indígenas a "acompañar su reflexión teológica, respetando sus formas culturales que les ayudan a dar razón de su fe y esperanza".[4]

Pero ahora en Aparecida (mayo de 2007) fue analizada abiertamente y, aunque no se logró poner el término “Teología india” en el documento oficial, por razones que no son de fondo sino de forma, ella fue materia explícita de muchos debates. De modo que estamos en un nuevo momento para la Teología india; momento cargado de promesas y esperanzas, pero también marcado todavía por temores e incertidumbres, que vale la pena analizar para vislumbrar el futuro que le espera a esta teología dentro y fuera de la Iglesia.

¿Por qué “Teología India”?[5]

Para los indígenas cristianos, que somos además ministros oficiales de la Iglesia, la conceptualización cristiana de la “teología” nos ha servido para hablar del mundo mítico-simbólico de nuestros pueblos y de sus creencias y prácticas religiosas. Ante las instancias eclesiásticas magisteriales de la iglesia, que nos han solicitado información, hemos sostenido que "la Teología India es el conjunto de experiencias y de conocimientos religiosos que los pueblos indios poseen y con los cuales explican, desde milenios hasta el día de hoy, su experiencia de fe, dentro del contexto de su visión global del mundo y de la visión que los demás tienen de estos pueblos. La Teología India es, por tanto, un acervo de prácticas religiosas y de sabiduría teológica popular, del que echan mano los miembros de los pueblos indios para explicarse los misterios nuevos y antiguos de la vida. Por eso no se trata de algo nuevo ni de un producto propiamente eclesial; sino de una realidad muy antigua que ha sobrevivido a los embates de la historia[6].

Ciertamente lo que algunos hemos llamado “teologías indias” no se ajusta a los parámetros de lo que la Iglesia denomina “teología”; pues no es propiamente “el empeño en demostrar la racionalidad de la fe a aquellos que le piden cuenta de ella”. Tampoco se trata del esfuerzo “por aclarar la enseñanza de la revelación frente a las instancias de la razón... (con) una forma orgánica y sistemática[7].

Las llamadas “teologías indias” carecen de varias de las características que marcan a las teologías clásicas de la Iglesia. Las teologías indias no se basan en grandes tesis filosóficas, no cuentan con sistematizaciones brillantes, libros exitosos, ni connotados ponentes. No tienen tampoco pretensión de universalidad, ni de probar nada a nadie frente a las instancias de la razón. Son simplemente la palabra indígena sobre Dios, sobre el mundo, sobre nosotros mismos desde la perspectiva de nuestra fe en Dios tal como lo entienden y viven nuestros pueblos, que aceptan por principio que Dios siempre es un misterio imposible de comprender del todo.  Por eso no usan un lenguaje discursivo o filosófico para pretender encerrar a Dios en categorías humanas, sino el mítico-simbólico, que disfruta de Dios sin encerrarlo; lo que hace más difícil que nuestra palabra pueda ser encuadrada en la perspectiva estrictamente científica o en los parámetros usados por la academia eclesiástica. 

Con las “teologías indias” lo que de hecho intentamos es rescatar y mostrar el saber y el sabor de Dios presente entre los pobres, mostrar con qué platos y cucharas nuestro pueblo come las cosas divinas, con qué jícaras o recipientes bebemos las cosas del Espíritu. Para nosotros las teologías indias son como la gramática con que los indios organizamos nuestro saber de Dios. Puede ser que esta gramática, como sucede frecuentemente en nuestras lenguas, no esté escrita y ni siquiera sea explícita, pero funciona y muy rigurosamente al narrar los mitos, al celebrar los ritos y al actuar ante cualquier acontecimiento de la vida. En ese sentido las teologías indias son como un convite de fiesta donde compartimos las flores y los frutos de nuestro estar y actuar con Dios.

Todo esto es lo que hace diferente a las llamadas teologías indias. Esta identidad/alteridad de nuestra palabra sobre Dios es la que pretendemos que se vea, se oiga, se entienda, se acepte en su exacta dimensión dentro de la sociedad y de la Iglesia sin que ello rompa la armonía y la solidaridad con las demás hermanas y hermanos del universo.

¿Cómo surgió la utilización del término “Teología india”?

Fácilmente se piensa que fuimos los indios los primeros en usar la categoría “teología” aplicada al mundo religioso de nuestros pueblos. Eso no corresponde a la verdad de los hechos; en la mayoría de nuestras lenguas no existe esta palabra o su equivalente preciso. Fue en la primera evangelización cuando prominentes misioneros como Bernardino de Sahagún, principal acompañante del famoso Seminario Indígena de Tlaltelolco[8], y Fray Bartolomé de las Casas[9], primer obispo efectivo de Chiapas, quienes utilizaron el término teología aplicado a la sabiduría indígena. Las Casas la llamó así en latín theologia indorum, la teología de los indios, la que producen los indígenas. El principal editor de esta teología india fue un fraile que viajó con Las Casas en 1545, el padre Domingo de Vico quien produjo tres tomos en kakchikel en la Verapaz (entonces parte de la diócesis de Chiapas).

Esta ''antigua palabra'', como dicen hoy los creyentes indígenas de Chiapas, tenía, según los principios del Único modo de atraer a la verdadera religión[10],  el objetivo de respetar y fomentar ''la natural inclinación'' de los pueblos a buscar la verdad y la trascendencia. El primer obispo de Chiapas se adelantaba así al documento conciliar Ad Gentes sobre la obra misionera que ve en las tradiciones precristianas de los pueblos ''las semillas de la palabra de Dios''[11]. Las Casas intuía que la antigua sabiduría maya podría fungir como una especie de Antiguo Testamento propio. Así como hay una Iglesia y una patrística latina, otra oriental, otra griega o siria y aramea, con reflexión teológica propia, sin que rompa la unidad, así las teologías indias no desean una copia colonial de la Iglesia, sino que surja una iglesia maya, una náhuatl, o quechua sin dejar de ser una.

En los 40 años recientes el Departamento de Misiones del CELAM, en una serie de encuentros, seminarios y simposios de Pastoral indígena, por todo el continente, fue preparando el camino para el surgimiento actual de las llamadas “teologías indias” dentro del planteamiento mayor del surgimiento de las “iglesias particulares indígenas”. Así lo plantearon los obispos de la Pastoral indígena cuando se reunieron en Bogotá en 1985: "la Iglesia ha de colaborar al nacimiento de las Iglesias particulares indígenas con jerarquía y organización autóctonas, con teología, liturgia y expresiones eclesiales adecuadas a una vivencia cultural propia de la fe, en comunión con otras iglesias particulares sobre todo y fundamentalmente con Pedro"[12].

El Santo Padre Juan Pablo II animó a esta apropiación indígena del Evangelio y de la Iglesia al afirmar en Redemptoris Missio que: "las comunidades eclesiales que se están formando, inspiradas en el Evangelio, podrán manifestar progresivamente la propia experiencia cristiana en manera y forma originales, conformes con las propias tradiciones culturales"[13]. En Latacunga, Ecuador, el mismo Papa nos manifestó lo siguiente: "Por lo que se refiere a vuestro puesto en la Iglesia, ella desea que podáis ocupar el lugar que os corresponde, en los diversos ministerios, incluso en el sacerdocio. ¡Qué feliz día aquel, en que vuestras comunidades puedan estar servidas por misioneros y misioneras, por sacerdotes y obispos de vuestra sangre, para que junto con los hermanos de otros pueblos, podáis adorar al único y verdadero Dios, cada cual con sus propias características, pero unidos en la misma fe y en un mismo amor!"[14].

Todo esto fue retomado posteriormente en el documento de Santo Domingo en 1992, donde la Iglesia aceptó el reto de "profundizar un diálogo con las religiones no cristianas presentes en nuestro continente, particularmente las indígenas y afroamericanas, durante mucho tiempo ignoradas o marginadas"[15], y se comprometió con los pueblos indios a "acompañar su reflexión teológica, respetando sus formas culturales que les ayudan a dar razón de su fe y esperanza"[16]. Y en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrado en Aparecida, Brasil, en mayo de 2007, los pastores hablaron abiertamente de estos temas señalando, en base a los diálogos habidos entre las Conferencias episcopales nacionales y el CELAM, que “es creciente el consenso de considerar “teología” a la llamada “Teología Indiay argumentando sobre la necesidad de “escuchar sin prejuicios sus contenidos, definir sus logros, dificultades y deficiencias[17]

Cuando empezamos a hablar de “teologías indias” no pretendíamos iniciar una corriente teológica nueva en la Iglesia, ni encubrir una teología latinoamericana cuestionada por el Magisterio[18], sino llamar la atención sobre un fenómeno muy antiguo y muy actual en nuestras comunidades: su particular experiencia de Dios. Lo que hoy llamamos teologías indias cristianas reconoce que ya se está dando una inculturación o apropiación indígena del Evangelio y de la Iglesia por parte de la gente sencilla, que se lleva a cabo fundamentalmente en lo que se ha llamado religiosidad popular o religión del pueblo o RP[19], que si bien es compartida también por grupos humanos que no son indígenas, es primeramente obra de nuestras abuelas y abuelos indígenas.

El interés y entusiasmo de pastores reunidos en Puebla (1979) por los "valores autóctonos", considerados como presencia antecedente del Espíritu en las culturas precolombinas[20] o - utilizando una categoría teológica de los Padres de la Iglesia- "semillas o gérmenes del Verbo"[21], los llevó a plantearse una evangelización de las culturas no como "un proceso de destrucción, sino de reconocimiento, consolidación y fortalecimiento de dichos valores; una contribución al crecimiento de los 'gérmenes del Verbo' presentes en las culturas"[22].  Este planteamiento teológico-pastoral implica la necesidad de realizar "un trasvasamiento del mensaje evangélico al lenguaje antropológico y a los símbolos de la cultura en que se inserta"[23]. Es lo que se denomina ahora "inculturación del Evangelio", aunque el término no aparece explícitamente en Puebla. Ahí la Iglesia se comprometió a trabajar en serio a favor de los indígenas, como parte especial de las mayorías empobrecidas del continente, asumiendo ella la causa de los pobres "como su propia causa, más aún como la causa  misma de Cristo"[24].

Durante las tres décadas pasadas el Departamento de Misiones del CELAM, DEMIS, convocó una serie de reuniones de Obispos, de pastoralistas y de indígenas a nivel continental, como el ya mencionado Encuentro de Presidentes de Comisiones Episcopales de Pastoral Indígena en Bogotá (1985), y a nivel de las diversas áreas geográficas de América Latina (1988-1990). Fue en una de las reuniones del DEMIS, la que se llevó a cabo en México en 1989, donde nuestros Obispos animaron a los sacerdotes indígenas presentes a iniciar encuentros latinoamericanos de “Teología india”, mismos que se han llevado al cabo el primero en México (1990), el segundo en Panamá (1993), el tercero en Bolivia (1997), el cuarto en Paraguay (2002) y el quinto en Manaos, Brasil (2006).

Con audacia de espíritu y prudencia pastoral varios Obispos, no sólo católicos sino también protestantes de zonas indígenas, han estado acompañando este proceso a sabiendas de que es un reto grande para la Iglesia.  Mons. José Alberto Llaguno, obispo de la tarahumara, de feliz memoria, lo expresó así en el prólogo de la memoria del primer encuentro: "La Teología India, que siempre ha estado presente pero nunca suficientemente valorada, es una vena de vida que, al irrigar en condiciones mejores no sólo a los pueblos indígenas, sino a las Iglesias, será fuente nueva de rejuvenecimiento y de vitalidad para todos"[25].

Esto no significa que cerremos los ojos al hecho de que también existen en nuestra Iglesia muchas prevenciones, temores y reservas respecto a las llamadas “teologías indias”, algunos de ellos  perfectamente razonables y habrá que abordarlos eclesialmente; otros, producto de un desconocimiento o de una percepción distorsionada de los hechos. También éstos habrá que analizarlos y resolverlos en diálogo sereno, fraterno y respetuoso.

Quehacer de la Teología india

Sintetizando podemos afirmar[26] que las Teologías indias son la palabra que comunica, muestra y da razón del sentido profundo (el corazón) de la experiencia de Dios que tienen las comunidades indígenas de nuestro continente[27]. Estas teologías normalmente se expresan en mitos, ritos, símbolos y formas indígenas acordes al lenguaje propio de las comunidades indígenas de ayer y de hoy.

No hacemos teologías indias para libros o para discutir en la academia con teólogos profesionales de las iglesias, sino primordialmente para animar y orientar la vida de las comunidades; para impulsar y fortalecer el caminar de nuestros pueblos; y también para explicar a otros hermanos en la fe,  nuestros gozos y esperanzas, nuestras tristezas y angustias que tienen que ver con Dios y con su proyecto de vida en plenitud.

En ese sentido podemos decir que el quehacer de la Teología india, como toda teología, es la preocupación de dar razón de nuestra experiencia de Dios. Pero este dar razón adquiere para los indígenas varias connotaciones:

1) En primer lugar la Teología india quiere mostrar nuestra experiencia de Dios, quiere compartir con otros cómo descubrimos a Dios en la armonía de nuestra persona, de nuestra familia, de nuestra comunidad-pueblo (anáhuac) y de nuestro universo (cemanáhuac); intenta mostrar cómo nos encontramos con Dios cuando nos relacionamos con la Madre Tierra, cuando sembramos, cuando cosechamos; cuando nacemos y morimos sobre ella, cuando vamos creciendo al contacto con la Madre Tierra.  A Dios lo encontramos en las relaciones con nuestro corazón,  con las demás hijas e hijos de la Madre Tierra, con la comunidad, con los espíritus de los muertos y con Dios mismo en su variedad de nombres y advocaciones.

2) Dar razón también quiere decir demostrar, probar a los demás que nuestra experiencia de Dios no es algo que inventamos sino que tiene su respaldo en tradiciones con raíz y fundamento. En nuestra propia tradición, en la palabra antigua de nuestros pueblos, en la sabiduría de nuestros antepasados. Y este demostrar desde lo propio, hace que la teología que elaboramos sea teología india según la etnia a la que pertenecemos. Y, para quienes somos cristianos, nuestra experiencia de Dios se respalda también en la tradición cristiana: en los textos bíblicos, en el magisterio de la Iglesia, que son los documentos que han escrito los obispos y los papas. Este respaldo es importante para que otros cristianos nos puedan entender. Hay muchas personas que no valoran nuestra teología porque no se la hemos explicado en palabras que ellos entienden, con fundamentación que ellos aceptan.

3) Dar razón también quiere decir dar cuenta de nuestra experiencia de Dios con nuestras obras. Es demostrar en la práctica lo que creemos. Es meter en nuestra vida y en nuestra historia eso que sentimos de Dios. Es recoger lo que Dios nos dice y vivirlo. Y ayudar a que nuestro pueblo y nuestra comunidad lo viva.

4) Dar razón también quiere decir celebrar nuestra fe. Cuando celebramos nuestra experiencia de Dios eso hace más fuerte nuestro corazón y el corazón del pueblo. Para nosotros, como indígenas, la celebración es muy importante. Una fe que no se celebra no tiene sabor. Por eso es necesario celebrar nuestra fe con ceremonias, ritos, velas, danzas, comida y de muchas otras formas, porque es el momento en que sentimos más cerca la presencia de Dios.

 Hacemos teología porque la realidad nos empuja, nos obliga. Nuestro punto de partida es ver, oír y sentir la realidad, que tiene flores y tiene espinas. Hacemos teología porque hemos escuchado el clamor, el grito del pueblo, de la Madre Tierra, de las familias... Ese grito nos empuja a buscar a Dios, a subir al cerro y a celebrar, y luego regresar con lo necesario para vivir una nueva realidad de acuerdo al Plan de Dios.

Conclusión
Los pueblos indígenas ofrecen a la Iglesia y al resto de la sociedad no propuestas teóricas extraídas de elucubraciones o de libros, sino una sabiduría que ha funcionado por siglos y milenios. Son las flores que Juan Diego lleva de parte de “la Señora del Cielo” y parte de su pueblo al obispo Juan de Zumárraga, para que él compruebe la veracidad de la palabra de Ella y también la veracidad del indio. Escuchar hoy esta voz no empobrece ni va en detrimento de la integridad de la fe revelada en Cristo. Todo lo contrario, ayuda a comprender mejor el Evangelio del Reino que también ha sido proclamado y asumido por quienes siempre han buscado las cosas de Dios y sus mandatos en sus culturas y espiritualidades milenarias.

La misión continental propuesta por Aparecida no puede quedar reducida a un conjunto de acciones o estrategias misionológicas y misioneras, que de inicio nieguen o destruyan la obra antecedente del Espíritu en los evangelizandos o que busquen reconquistarlos como si fueran “pecadores” o descarriados por el sólo hecho de no estar con nosotros o de ser diferentes. La misión de hoy, como la de Jesús, tiene que ponernos en camino para ir, con respeto, humildad y corazón abierto, al encuentro del empobrecido, del que ha sido excluido o se ha alejado, del que es y se mantiene diferente, a fin de abrazarlo, comprenderlo, compartir con él nuestros gozos y esperanzas, también nuestras tristezas y angustias, para que juntos convirtamos esta realidad en anticipo del Reino. En esto los indígenas podemos aportar y también recibir para mutuo enriquecimiento. La palabra teológica indígena ha servido para explicar y dar sentido trascendente al largo caminar histórico de nuestros pueblos en el pasado y puede nutrir hoy, con sus utopías religiosas y civiles, la esperanza de los pobres hacia una vida plena como lo planteó nuestro Señor Jesucristo y como lo soñaron nuestros antepasados.

Actualmente la población indígena de este continente nos hemos puesto de píe para reclamar derechos que, por siglos, la sociedad envolvente nos ha negado. La autonomía, en cuanto derecho a ser reconocidos libres y adultos en todos los niveles de la vida, es la exigencia fundamental de la lucha  indígena de América latina que interpela por igual a las iglesias y a los gobiernos.

En este nuevo contexto hay quienes piensan que las iglesias no tienen nada que hacer o que el mejor servicio que podrían prestar en adelante sería renunciar a su tarea evangelizadora y dejar en paz a las comunidades indígenas para que ellas vivan libremente sus opciones religiosas. Y la razón es porque en el pasado las iglesias unieron la misión de anunciar el Evangelio con la tarea mundana de implantar la cristiandad europea como una determinada estructura económica, política y cultural, los misioneros a menudo confundieron la cruz con la espada, la evangelización con la conquista, a Dios con el oro de las indias. De ahí vinieron los atropellos a la dignidad humana, por los que ahora la Iglesia se lamenta y pide perdón por los daños causados a los pueblos que fueron víctimas de tales atropellos.

Sin embargo, no por esos errores del pasado, la Iglesia debe renunciar a su misión y a su auténtica tarea evangelizadora. Ella existe para la misión y para el reino de Dios. Los pueblos indígenas saben discernir, respecto a ella, lo que ha sido trigo de lo que ha sido cizaña. Por eso seguimos esperando de ella la palabra que anuncie con autoridad el Reino de Dios, la acción que instaure ese Reino en medio de nosotros, y los milagros y señales que muestren que ella es germen y sacramento del Reino.

Como lo entendieron los misioneros santos y profetas de la primera evangelización, la Iglesia de hoy puede encontrar en los indígenas la oportunidad de una evangelización en serio para el conjunto de la sociedad. Los indígenas, por nuestra riqueza humana y espiritual, lo dijo el Papa Juan pablo II en Yucatán, México, en 1993, seguimos siendo la “luz del mundo”, la “sal de la tierra”; y por eso podemos ser los nuevos evangelizadores del mundo. Con los pueblos indígenas de América la Iglesia puede establecer una alianza estratégica para la evangelización del Continente.

Este es el verdadero cambio histórico que hay que impulsar en la perspectiva misionológica y misionera: dejar que el Evangelio de Jesús vuelva a Nazaret, a Galilea, a la periferia del mundo y desde ahí regrese cargado con los dones y la energía espiritual de los pobres para ser fuerza renovadora del mundo y de la humanidad. La misión hecha desde los centros de poder ha llegado a su fin; es la hora de los pequeños, de quienes no tienen ni oro ni plata, pero poseen el mayor poder que viene del Espíritu y de la fe en la resurrección del Hijo del hombre.

Movidos por este optimismo, los miembros no indígenas de la Iglesia de hoy están en condiciones de entender que, en las cosas de Dios, los indígenas no somos un problema, sino solución a los problemas. La experiencia de Dios que tenemos los indígenas puede ser acicate y ejemplo a seguir para los demás miembros de la Iglesia. Ese es el sentido de la canonización del indio San Juan Diego Cuauhtlatoatzin. También los indígenas podemos enseñar a los demás el camino hacia Dios.

En adelante la Iglesia no puede ir al mundo indígena sólo para evangelizarlo sino también para ser evangelizada por él; no va sólo para aportar a los indígenas las riquezas espirituales de las que ella se siente depositaria; va también para recibir de ellos la riqueza de dones que Dios les ha prodigado. La misión entonces se hace intercambio de dones para enriquecimiento mutuo. La Iglesia es depositaria de una Palabra revelada; pero sabe también que Dios se ha adelantado a la acción evangelizadora de la Iglesia, sembrando su presencia en todas las culturas del mundo. En consecuencia, la Iglesia, cuando evangeliza, no niega ni destruye, sino que reconoce, acoge y sirve a esta acción antecedente del Espíritu. Es lo que se ha denominado “misión-inculturación”, es decir, acción que planta el evangelio en el corazón de las culturas, al mismo tiempo que acoge en la Iglesia a los pueblos con sus culturas.

La conversión que resulta de la evangelización inculturada no significa ruptura con el pasado y con la cultura propia, sino plenificación en Cristo. Fruto de la evangelización es que los pueblos se vean liberados del pecado y que sus proyectos de vida sean realizados. Con la evangelización Dios consolida la identidad más profunda de los pueblos, coronando la obra en ellos comenzada por el Espíritu.

Por eso en actitud y en diálogo respetuoso y fraterno los misioneros de hoy nos hemos de acercar a los pueblos indígenas del mundo para testimoniar con la vida el Evangelio en que creemos, para acoger y servir con nuestros dones la pluriforme presencia de Dios en toda realidad humana, a fin de que todos los pueblos lleguemos a ser discípulos y misioneros de Jesucristo para la vida del mundo.

 

[1] Retomo aquí gran parte de lo que escribí hace poco en mi artículo “Teología india en la Iglesia, un balance después de Aparecida” (diciembre de 2007)

[2] Cf. Hch 17,28

[3] En esta fecha se iniciaron los encuentros latinoamericanos y continentales de Teología India. Comenzaron en México (1990), luego en Panamá (1993), después en Cochabamba, Bolivia (1997), posteriormente en Ycuazatí, Paraguay, (2002) y más tarde en Manaús, Brasil (2006).

[4] Documento de Santo Domingo, 248

[5] La reflexión que sigue fue hecha en el encuentro preparatorio del Segundo Simposio del CELAM sobre Teología india, llevado cabo en Oaxaca, México, en el mes abril de 2002

[6] Carta dirigida, por mediación de la Nunciatura Apostólica de México, a la Congregación para la Doctrina de la Fe, 1992, 7

[7] Ver Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe, sobre la Vocación del Teólogo 1.5.21.

[8] En su Libro “Historia General de las cosas de  la Nueva España”, libro VI, capítulo 1, habla de la “Teología de la gente mexicana

[9] Me baso aquí en las conclusiones de los investigadores Andrés Aubry y Angélica Inda, que fueron difundidos por los medios de comunicación en ocasión de la IV visita del Papa a México, en 1999.

[10] Obra escolástica de fray Bartolomé, escrita y argumentada en latín, que últimamente ha sido ampliamente difundida.

[11] AG No. 11

[12] Cf. DEMIS, Bogotá, 1985

[13] Juan Pablo II, Redemptoris Missio 53.

[14] Juan Pablo II, discurso a los indígenas en el aeropuerto de Latacunga, Ecuador, 31 de enero de 1985

[15] SD 137. 138

[16] SD 248.

[17] Exposición de Mons. Felipe Arizmendi Esquivel en la V Conferencia General del Episcopado latinoamericano

[18] Es lo que suponen escritos como el del Cardenal Alfonso Trujillo, presidente del Pontificio Consejo para la familia, Iglesia en América, Pontificia Commissio pro America Latina, Librería Editrice Vaticana, 2001, páginas 63-64.

[19] Pablo VI, Evangelii Nuntiandi

[20] Cf. DP 201

[21] DP 401. 403. 451

[22] DP 401

[23] DP 404

[24] DP, Mensaje a los pueblos de AL.

[25] Mons. José A. Llaguno, Obispo de la Tarahumara, en la presentación del libro Teología India, 1991.

[26] Sigo aquí casi al pie de la letra la Memoria de V Taller del Diplomado de Teología india organizado por el Instituto de estudios e investigación intercultural, INESIN, mayo de 2008

[27] Cuando en los códices prehispánicos se pintaba a los sacerdotes sacando el corazón de las víctimas humanas, que habían sido ofrendadas en el altar de los sacrificios, y se lo entregaban a Dios para que lo comiera, lo que querían expresar era la tarea teológica de mostrar el corazón de las personas y de las cosas para ofrecerlo a Dios y así, al ser comido por Él/Ella, se pueda también recibirlo de nuevo como un corazón endiosado. Simbólicamente es conectar el corazón humano con el corazón de Dios, a fin de que ambos sean, como afirman los mayas, Corazón del Cielo y Corazón de la Tierra.

Visitas: 1828

Lecturas sugeridas

Ante la Crisis Internacional del 2009…

Mensaje de los curas en la opción por los pobres Creemos que la situación actual nos invita a…

Encuentro Nacional 1998…

XIIº Encuentro Nacional de Sacerdotes (agosto 1998) San Antonio de Arredondo, Córdoba Decl…

Carta al nuevo Papa…

Carta al nuevo PapaPor José Ignacio González Faus*Querido hermano en el Señor Jesús: Al entrar e…

Ante las próximas elecciones legislativas…

Nos acercamos a las elecciones de medio término en el contexto de una situación muy delicada para el…

Nos Visitaron:   Amigos

Tenemos 91 visitantes y ningun miembro en Línea