America, Argentina
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OJOROXTOTIL

Relato de los pueblos mayas de Chiapas (México)

 

Dicen los ancianos que antiguamente no se podía caminar, no se podía andar, porque había muchos tigres. Había puros tigres, puros asientos de tigres había en la antigüedad, dicen que ahí nos moríamos, ahí nos comían los tigres. ¡Por eso había mucho miedo en la antigüedad!. Ojoroxtotil supo de esto. Tenía un hijito chiquito que lo acompañaba.

 

Había mucho miedo en la antigüedad, no había miedo sólo por los tigres, pues también había negros, hombres temibles de largas cabelleras, había muchos asaltantes. Por eso las gentes en la antigüedad no podían caminar. Por eso Ojoroxtotil se dijo: “Voy a ver los asientos de los tigres, a ver si me comen”.

 

Se fue pues al lugar donde se sentaban los tigres. Porque se decía que si nos sentábamos en los asientos de los tigres, nuestras sentaderas quedaban pegadas, nuestras nalgas quedaban adheridas, era entonces cuando los tigres veían a comernos.

 

“Veré si es cierto que ya no podemos levantarnos si nos sentamos en los asientos de los tigres”, dijo Ojoroxtotil. Llegó a sentarse en los asientos, pero como era Dios no se quedó pegado.

 

Se sentó en los asientos de los tigres y los llamó silbando. ¡Újule, los tigres vinieron desfilando! ¡Vinieron todos, aparecieron todos y ya lo querían comer!.

 

Ojoroxtotil le dijo a los tigres: “No, siéntense en sus asientos, es mejor que se sienten ustedes, ahí están sus asientos, tal vez vine a entregarme por mí mismo, ya vine a entregarme con ustedes. A lo mejor están muriéndose de hambre, pensé, por eso vine”.

 

Pero los tigres ya no se esperaban, se lamían los hocicos inquietamente. “No, espérense un poco, siéntense un rato en sus asientos, voy a buscar mis hojas de bijau para que no se vaya a derramar mi sangre. Voy a acostarme sobre las hojas. Tengan cuidado que mi sangre no se vaya a derramar cuando ya me estén comiendo, cuiden bien mis huesos, si es que pueden triturar mis huesos. Cuídenme bien, véanme bien, me sentiría muy mal si dejan que se derrame mi sangre, tengan mucho cuidado”, dijo Ojoroxtotil. “Bueno, está bien”, dijeron los tigres y se calmaron.

 

Se sentaron en sus asientos y esperaban sentados lamiéndose los hocicos mientras se preparaba su presa. Pero Ojoroxtotil tenía ya sus planes: acabar con los tigres. Tenía ya consigo su bastón de bambú. Bien preparado tenía ya su bastón. Entonces comenzó a buscar sus hojas, las tendió y se acostó sobre ellas diciendo: “vengan ya tigres, vengan ya, vengan a comerme”. Pero en vano se esforzaban los tigres, ¿no podían levantarse!, se esforzaban y no podían pararse. “¿Qué pasa?. Veo que no se levantan. ¡Vengan pues, vengan a comerme!”, decía en tono burlón Ojoroxtotil.

 

“¡Ah, que desgracia, que miseria, ya nos venciste, no podemos levantarnos!”, decían tratando de levantarse. Les dijo Ojoroxtotil: “Ahora sí, ¡tengan su merecido!”, y entonces golpeó a cada uno con su bastón de bambú.

 

De esta manera fueron muertos los tigres. Uno o dos se escaparon, por eso todavía hay tigres, según cuentan los antepasados.

 

De ahí preparó sus tigres, los peló, les quitó los cueros, los tendió al sol para que se secaran. Los dobló, los cargó sobre sus espaldas y siguió su camino. Siguió su camino, se fue porque lo que hacía Ojoroxtotil era solamente caminar.

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