America, Argentina
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ALGUNOS ASPECTOS IMPORTANTES

DE LA TEOLOGÍA INDIA [1]

 

  1. GERARDO FLORES REYES

Obispo de la VeraPaz, Guatemala.

 

  1. INTRODUCCIÓN

 

  1. No es sin temor y sin temblor que me acerco a este tema. Lo hago con profundo respeto porque soy consciente de que aquí se tocan asuntos de suma importancia, que tienen que ver con el depósito de nuestra fe y con la acción de Dios que también sembró las “Semillas del Verbo” en las culturas milenarias de nuestra América Latina.

 Sintiéndome muy honrado por la invitación que su eminencia, el señor Cardenal Ratzinger tuviera la bondad de hacerme para presentar las siguientes reflexiones, reconozco al mismo tiempo mis limitaciones y por eso he tratado de beber en las fuentes, todavía pocas y breves, de este tema que intuyo fundamental para el futuro de la evangelización en nuestro continente. Mi experiencia conceptual sobre este tema es pequeña, pero talvéz se suple esa deficiencia con mi experiencia vivencial de casi medio siglo en contacto permanente con los pueblos indígenas de Guatemala, a los que he tratado de servir con alegría y a los que más de una vez posiblemente he causado dolor precisamente por mi ignorancia y por una “deformación profesional”.

 

  1. Algunos prolegómenos

Creo necesario para la recta intelección de lo que trataré de exponer que tengamos en cuenta algunos puntos que me parecen sumamente importantes:

 Es imposible que se adentre fructuosamente en el estudio de este tema, -pues no entendería nada-, quien no llegue con actitud de discípulo y “con capacidad de asombro”, sino creyéndose maestro que lo sabe todo y cuya verdad es “la única verdad”.

 A medida que uno se adentra más en el estudio de este tema le suceden dos cosas: se siente fascinado, pero al mismo tiempo comprende que son más las preguntas que las respuestas, y los planteamientos que las soluciones. La “Teología India” como expresión conceptual, académica y/u organizada, está por hacerse.

 Caemos en la cuenta de que nos encontramos ante un problema histórico-antropológico-cultural, que nos hace intuir la existencia de cosas muy profundas, donde aletea el Espíritu de Dios.

 En mi exposición hago uso, sin recargar este trabajo con continuas citas, de textos que me han ayudado a acercarme en la comprensión del problema, por ejemplo del P. Carlos Berganza O.P., quien desde hace muchos años trabaja en nuestra diócesis de la Verapaz; de la Carta Pastoral de los obispos de Guatemala “500 años sembrando el Evangelio” y de algunas notas sobre la Teología India y la Inculturación, que el Dr. Juan F. Gorski, Misionero de Maryknol, tuvo la bondad de hacerme llegar por medio del Director de ITEPAL.

 Naturalmente que me acerqué también con gran atención a los textos que se han editado con motivo de los Encuentros-Talleres Latinoamericanos sobre Teología India y Teología Mayense en años recientes. Lo que estoy exponiendo lo he consultado con hermanos obispos de basta experiencia en este campo, con pastoralistas y con investigadores muy serios, especialmente del grupo conocido “Ak kutan, Fray Bartolomé de Las Casas”, con sede en la ciudad de Cobán en la Diócesis de la Verapaz. Desgraciadamente la brevedad del tiempo que tuve para pergeñar este sencillo trabajo me impidió hacer más amplia la consulta.

 

  1. PROPOSICIÓN:

Yo quisiera presentar como una hipótesis de trabajo o proposición en forma de pregunta: ¿La Teología India no será una puerta que Dios está abriendo para la Gran Evangelización del corazón mismo de América Latina?

 

  1. EXPOSICIÓN:
  2. Panorama histórico contextual de la Teología India

Cuando formulamos la expresión “Teología India”, queremos hablar de una realidad muy antigua y venerable, muy recientemente reconocida y apenas investigada. Es alrededor de 1990 que surge en América Latina ese movimiento que asumió la apelación “Teología India”. Tiene un objetivo principal aparente:

 La elaboración de una nueva expresión autóctona de la fe cristiana, basada en el redescubrimiento, la apropiación y la valoración de las experiencias y expresiones religiosas y culturales de los pueblos originarios de América Latina.  En realidad busca explicitar lo que durante siglos se ha mantenido en la clandestinidad, al margen de las expresiones “oficiales” y europeas de la fe católica. Surge como un movimiento de características “elitistas” pero que rápidamente está en vías de popularización.

 Si nos remontamos a la década del 50 a 60 encontramos como las raíces de esa búsqueda consciente de una expresión teológica cristiana en el lenguaje y símbolos de las culturas amerindias. En esos años en casi todos los países latinoamericanos, empieza un fuerte movimiento de catequistas autóctonos que emprendieron una Nueva Evangelización, orientados por los misioneros y sacerdotes locales. En realidad, muy pronto los catequistas asumen una función sumamente importante, pues no solamente tienen que catequizar a su pueblo en su propia lengua, sino se convierten también en responsables del culto católico y asumen otras dimensiones de la vida eclesial en sus propias comunidades. La interacción entre ellos y sus formadores, -que pronto reconocieron, entre otras cosas, que tenían que estudiar las lenguas nativas y utilizarlas muy en serio- condujo primero a una evangelización de aquellas culturas y eventualmente en y desde ellas, como lo expresa el P. Gorski ya en 1975 en uno de sus libros. Ese esfuerzo misionero de relacionar el Evangelio con diversas culturas, recientemente iniciado, condujo a unas nuevas reflexiones teológicas que reconocían “Semillas del Verbo” entre aquellas, las consideraban como el “Antiguo Testamento” de los diferente pueblos y valoraron de diversos modos la integración del Evangelio en su experiencia religiosa y cultural. Ha jugado un papel sumamente importante el Departamento de Misiones del CELAM (el DEMIS) fundado en 1966, al promover una valoración teológica de las culturas indígenas por medio de una serie de encuentros y publicaciones. En líneas generales se puede afirmar que antes de la Conferencia de Puebla (1979), la valoración de los indígenas, en y desde su identidad cultural, fue preocupación sólo de los misioneros y sacerdotes que trabajaban entre ellos y de unas instituciones eclesiales al servicio de esta actividad misionera como el DEMIS, CONAPI, CENAMI, etc. Es curioso constatar que, en un continente con más de 40 millones de indígenas, la Conferencia de Medellín (1968) mencionó a los indígenas apenas dos veces en sus CONCLUSIONES y no dijo nada sobre otros grupos étnicos no occidentales. Puebla, en cambio, llamó la atención de la Iglesia a la prioridad de la evangelización de los indígenas y afroamericanos, llamándoles con cierta conmiseración “los pobres entre los pobres” (N. 34), “tantas veces olvidados” (N. 365). Aunque señala un avance, pues no sólo afirmó que estos pobres “son los primeros destinatarios de la misión” (N. 1142), sino también reconoció su “potencial evangelizador” (N. 1147) como sujetos creativos en la vida eclesial, e implícitamente también de la teología.

 En los años entre Puebla y Santo Domingo (1992), el DEMIS habló de pasar de una “Pastoral Indigenista” (en que misioneros de fuera buscaron adaptar el Mensaje Evangélico a las diversas culturas) a una “Pastoral Indígena” en la que los protagonistas de una Evangelización Inculturada son las comunidades eclesiales indígenas. Pecaría de grave omisión, si no mencionara con énfasis el trabajo tan amplio y serio realizado por el CENAMI y más tarde el CENAPI de México. En todos los documentos de el DEMIS, como también de otras organizaciones, se recalca habitualmente dos aspectos de la vida de los pueblos indígenas, que también serán enfatizados después en la “Teología India”: la riqueza característica de sus culturas y la pobreza característica de su situación de pueblos dominados y vencidos. Tengo la impresión de que en los diversos países de América Latina con fuerte población indígena, ha habido intentos muy laudables y serios para tomar en cuenta los rasgos culturales de los pueblos indígenas en sus manifestaciones religiosas.

 Pero estos intentos y estas diversas experiencias parecieron reunirse y tomar más cuerpo cuando se preparaba la conmemoración de los 500 años de la llegada del Evangelio a este continente. Todos recordamos la polémica que esto suscitó. ¿Cómo “celebrar“ la conquista de los Pueblos Originarios de este continente, la destrucción de sus culturas, la imposición de estructuras socioeconómicas y políticas de dominación? Existía como un generalizado “lamento” por los abusos cometidos en contra de los indígenas y sus culturas durante estos 500 años. Se realizaron numerosos y variados encuentros en todo lo largo y ancho de América Latina. También se dio este fenómeno en el campo de lo religioso, que fue poco a poco concentrando ideas que contribuyeron a lo que ahora llamamos “La Teología India”. Esto hizo que el “lamento” se convirtiera en un “proyecto”: La expresión de la fe religiosa de los pueblos indígenas desde su propia identidad e historia cultural. Son numerosos los institutos, grupos y organizaciones que están en la base misma de la Teología India. Algunas de estas instituciones están vinculadas a la Iglesia católica, ya sea en forma oficial u oficiosa; otros se identifican más bien como “ecuménicos”. Algunos existieron desde la década de los 60, otros surgen después. Me gustaría mencionar algunos entre los principales como CENAMI y CENAPI de México, el ITA del Perú, el CIMI del Brasil, el CIPCA de Bolivia. La Asociación Ecuménica de Teólogos del Tercer Mundo (ASETT) ha auspiciado varios encuentros internacionales de esta materia y la editorial Abya-Yala del Ecuador es la mayor difusora de los documentos de la Teología India. Aunque la gran mayoría de los participantes en estos encuentros han sido católicos, los documentos enfatizan el carácter ecuménico de las reuniones y del movimiento y a veces se reciente demasiada injerencia de organizaciones protestantes que los han financiado y que no se caracterizan precisamente por su ecumenismo y respeto a la religión de otros.

 

  1. Los protagonistas del movimiento de “Teología India”

En casi todos estos encuentros ha habido participación de indígenas que podrían tipificarse en tres categorías distintas: Sacerdotes católicos (algo imposible en las generaciones y siglos anteriores), algunos Pastores de otras confesiones cristianas de tendencia ecuménica y laicos campesinos (algunos ya muy urbanizados) que asumen el papel de representar a diferentes pueblos nativos. Originalmente hay asesores de otras culturas, especialmente personas doctas en ciencias sociales como antropología cultural, lingüística, etc. Han participado algunos obispos en los encuentros del movimiento. Por lo regular el Pastor de la Diócesis donde se celebra, además de otros obispos invitados que son solidarios con los objetivos del proyecto o desean conocerlo más a fondo.

 Hay ya en América Latina una serie de Teólogos y Pastoralistas católicos que se han especializado y profundizado bastante en la Pastoral Indígena. Los principales actores en estos encuentros son personas muy conocidas y apreciadas en el ámbito eclesial de América Latina, mantienen un contacto bastante frecuente y serio con el DEMIS-CELAM y otras entidades de la Iglesia y son consultados y respetados por los obispos, otros teólogos y pastoralistas en sus respectivas iglesias locales. No sería justo considerar a los protagonistas de la Teología India como un grupo teológicamente “sectario”, como un “magisterio paralelo” contrapuesto al Magisterio Episcopal. No es un grupo que busca la clandestinidad; más bien su proyecto busca sacar las religiones indígenas de una situación multisecular de clandestinidad para que entren abiertamente en un proceso de diálogo con otras formas de experiencia religiosa y cristiana.

 En Guatemala, por ejemplo, existe la Comisión de Pastoral Indígena de la Conferencia Episcopal, formada casi exclusivamente por sacerdotes y religiosas indígenas, bajo la dirección de uno de los obispos de la Conferencia. Existe otro grupo más radical, también con la participación de algunos sacerdotes católicos y laicos comprometidos, que, si bien no tienen una conexión directa con la Conferencia Episcopal, ni la desean, mantienen una actitud de respeto y la comunicación no se ha roto jamás.

 

  1. Algunas características de la Teología India

Me permito en este momento seguir la descripción de varias características de esta teología, que presenta el P. Eleazar López Hernández, indígena zapoteco de México, que es uno de los protagonistas y portavoces principales de la Teología India, y que demuestra en sus escritos un “sensus fidei” y un alto grado de seriedad intelectual. El describe así:

 a) La Teología India es sumamente concreta: “No gasta energías en planteamientos abstractos” es, dice, una Teología compañera inseparable del proyecto de vida de nuestros pueblos ”enraizando este proyecto en el pasado, aplicándolo y explicándolo en el presente y transcendiéndolo hacia el futuro. La teología orienta e impulsa este proyecto” (López Eleazar, 1992, 85).

 b) Es una teología integral. No procede de una visión segmentaria de la vida del pueblo indígena, aislando “lo religioso” de otros elementos de la cultura. Busca en todos los aspectos de la vida cultural cómo la experiencia de Dios viviente se manifiesta.

 c) Esta teología tiene un lenguaje marcadamente religioso, “en contraste con los discursos de reformadores o revolucionarios extraños”. Se expresa no solamente en palabras, sino también a través del silencio y del rito, a través del lenguaje mítico y simbólico, porque para los indígenas la comunicación ritual es más expresiva (Ibid, 85-86).

 d) Se afirma que el sujeto de la Teología India es el pueblo. Se elabora en forma colectiva, en asamblea de la comunidad. Se valora a las personas que asumen una actitud de servicio en el proyecto, pero se rechaza a aquellas que desean imponer sus ideas e instrumentalizar al pueblo o estropearle su pensamiento.

 e) La “Teología India” no es tanto una tarea para el futuro como una realidad ya existente en la vida del pueblo: “no hay que crearla, sino reconocerla y fomentarla”. La tarea es darle un lugar en el concierto de las voces humanas que bendicen al Señor.

 f) Se habla de una Teología India en singular y no de varias teologías indias en plural porque es un proyecto conjunto de aquellos que colectivamente han sido designados como “indios” desde 1492. Pues en la conquista, la identidad propia de las diversas etnias no fue reconocida ni respetada.

 g) Este proyecto teológico, como lucha por la dignidad y derechos de los pueblos oprimidos y marginados, se inscribe dentro del pensamiento teológico que se expresa en diferentes formas en América Latina y da un especial aliento a los documentos de Medellín, Puebla y Santo Domingo. Pero no se limita a la resistencia: busca un futuro en que “sean derribados totalmente los estereotipos y sin enmascaramientos de ninguna especie, surjan nuestros pueblos con sus rostros propios liberados... un abanico plural de las teologías indias... hermanas entre sí y con las demás teologías del mundo” (Ibis. 87-88).

 h) Entre los protagonistas de la Teología India se pregunta si se trata de una teología que busca sólo recuperar el pensamiento religioso de los pueblos indígenas antes de su encuentro con la cristiandad o de una teología que expresa la experiencia cristiana propia de estos pueblos. Al respecto quisiera transcribir un párrafo del P. Elezar López, que me parece profundamente significativo:

 “El asunto nos conmociona -dice- porque nosotros estamos divididos interiormente por un doble amor: amamos a nuestro pueblo y creemos en su proyecto de vida, pero también amamos a la Iglesia y creemos en un proyecto de Salvación... estamos convencidos de que es posible y vale la pena reconciliar los dos amores, porque sabemos que no hay contradicción insuperable entre los dos planteamientos fundamentales de la Iglesia, que son los mismos de Cristo, y los planteamientos teológicos de nuestros pueblos. Los anhelos más profundos de nuestra gente son también los anhelos más profundos de Cristo, las diferencias son de forma, no de contenido. Más aún muchos de estos “planteamientos” están mejor contenidos en nuestros pueblos, por la limpieza de corazón de los pobres y, en este sentido, creemos que el diálogo teológico será no sólo benéfico para los pueblos indios sino enriquecedor para la Iglesia que, a través de los indios, se reencontrará con lo más puro de la tradición cristiana...”(Ibid. 89).

 i) El esfuerzo para formar una auténtica “Teología India” se ve animado por el convencimiento de que “no existe una única teología cristiana”. Se busca que la intercomunicación entre las diversas teologías auxilie al pueblo de Dios en la mejor comprensión y vivencia de la fe cristiana. Se busca un lugar valorado y reconocido para “Teología India” entre el “concierto de voces teológicas” cristianas. Lograr esto “no depende exclusivamente de los indios: depende también de la Iglesia”. (Ibid. 89-90).

 j) Finalmente se insiste en que “para hacerse cristiana la Teología India no debe renunciar a su carácter autóctono, a su contenido mítico y simbólico, a su método integral, a su sujeto colectivo”. Reafirman estos escritos que lo auténticamente humano es auténticamente cristiano y así una teología auténticamente india es también auténticamente cristiana; “nuestra labor ante ella no consiste en vestirla de cristianismo, sino en mostrar su sentido profundamente cristiano, pues la compatibilidad entre la fe cristiana y la fe india es asombrosa. Es más -concluye el P. Eleazar- para los indios, la fe cristiana tiene que pasar necesariamente por nuestra fe india” (Ibid. 90).

 Me ha parecido importante el señalar algunas de las características que se desprenden de la formulación de quien hasta ahora ha escrito y hablado sobre la Teología India -a mi humilde parecer- con más hondura serenidad (no exenta de pasión) y seriedad. Como se ve, esta somera descripción de la Teología India no revela tanto sus contenidos doctrinales como su metodología y su marco conceptual teórico. Pero no se puede negar que hay planteamientos muy interesantes y estimulantes a considerar en la tarea teológica exigida en la Inculturación del Evangelio entre los pueblos indígenas.

 

  1. Valores y riesgos

Si la Iglesia desea llevar el mensaje salvífico al corazón profundo de los pueblos indígenas y no indígenas de América Latina -objetivo que no se logró en la primera evangelización a causa de la imposición violenta de formas y expresiones culturales del cristianismo europeo- debe hacer pasar el mensaje a través de las culturas Indoamericanas, esto solo lo logrará escuchando con atención la voz de estos pueblos milenarios. Es decir, se debe iniciar un diálogo franco y respetuoso con los exponentes de la cultura, reconociendo en sus expresiones religiosas, en sus mitos, simbologías y en sus formulaciones aparentemente sencillas aunque profundas, las “Semillas del Verbo” y una experiencia de Dios nada despreciable. El Concilio Vaticano II, en un texto que Juan Pablo II cita repetidas veces cuando habla del diálogo interreligioso (Cf. RMI. 10, etc), afirmó que debemos creer que Dios ofrece a todos por el Espíritu Santo una participación en el misterio pascual de Cristo (GS 22). Si Dios realmente ofrece el don del Espíritu, el pueblo debe experimentarlo. Entonces hay que buscar signos de esta experiencia en las expresiones religiosas y culturales del pueblo. El rescatar esas expresiones y, a través de ellas, la experiencia de cómo un grupo humano se ha encontrado con el Dios viviente en su propia historia, parece ser el objetivo de Teología India. Si esta experiencia se pierde, o si se queda en la clandestinidad, ¿cómo puede ella entrar en diálogo con el Evangelio? El diálogo que se propone no busca que sólo la verdad del Evangelio sea claramente comunicada, sino también que la experiencia religiosa de un pueblo sea escuchada y apreciada con atención. Si este es el objetivo de la Teología India, tiene que ser considerada como una tarea valiosa y aún indispensable para una evangelización inculturada. Este diálogo entre Evangelio y culturas se ha dado en todos los tiempos, pues nunca se trató del encuentro entre un “Evangelio puro” y una cultura determinada. No desciende del cielo el mensaje evangélico en forma angélica: tampoco surge de manera espontánea en ningún “humus” cultural. El Evangelio nunca ha existido de manera desencarnada sin una expresión cultural concreta, que ha asumido a lo largo de los siglos de las diversas culturas en las que se ha expresado entre tantos pueblos de la tierra (Catechesi Tradendae, 53). El entrar en diálogo con las culturas, es decir, la inculturación del Evangelio, es una necesidad vital para la eficacia del mismo en la transformación de los hombres. Así lo vemos claramente en el Magisterio de los últimos Pontífices y nos lo enseña la tradición multisecular de la Iglesia. Ella, que nace de una cultura “bíblica”, tiene que asumir formas diferentes al pasar al mundo grecoromano. Orígenes entabla diálogo con la filosofía de Platón y más tarde Santo Tomás de Aquino con la de Aristóteles; Cirilo y Metodio valoraron el lenguaje y la simbología de las culturas eslavas y Mateo Ricci y Roberto Denobili, los de la China y la India. Sabemos cómo un diálogo serio y profundo ha llevado a estos proyectos conscientes y sistemáticos que buscaron incorporar a nuevos grupos humanos en la familia de los discípulos de Jesús, a un éxito importante. En cambio, cuando estos proyectos fueron abortados como los de Ricci y Denobili, inmensas naciones cerraron sus puertas durante siglos a la actividad misionera porque percibieron que la Iglesia y el Evangelio amenazaban su identidad cultural.

 Es aquí donde aparecen tantísimas preguntas que exigen una pronta respuesta, porque las cuestiones misionológicas suscitadas por un proyecto como la “Teología India” no son sólo de metodología pastoral sino también de profundo contenido doctrinal. Por eso nos preguntamos ¿cómo entran los diversos pueblos en la historia de la salvación? ¿Podemos hablar de una “revelación divina presente de algún modo en sus religiones”? ¿Cómo se relacionaría esta con la revelación bíblica? ¿En qué sentido se puede “releer” la Biblia desde el contexto de un pueblo y cómo se relaciona ésto con la moral? Y aquí surge otra pregunta, que algunos les parecerá pertinente y a otros inaceptable: en la reflexión y elaboración de respuestas a estos interrogantes, ¿son suficientes los recursos de las mismas comunidades con sus asesores? ¿No sería necesario también el asesoramiento de otros teólogos católicos, profesionales especializados en las Sagradas Escrituras y la teología fundamental, en las diversas ramas de la teología dogmática, moral y sacramental, en la eclesiología y la misionología? Si talvéz haya sido pedagógicamente mejor que la participación de estos teólogos profesionales no se impusiera en los primeros pasos del proceso de la Teología India, ¿no llegará pronto el momento de su participación más activa? ¿Cómo deberían participar en el proceso, en relación con las comunidades y sus asesores, en relación con especialistas en las ciencias sociales, y en ralación con el magisterio episcopal de la Iglesia? Yo creo que ya existen modelos de este tipo de colaboración teológica y que pueden aportar algo de su experiencia las Iglesias hermanas de Asia y sobre todo de África. Pero lo que si es cierto es que no se puede dejar de plantearse toda esta problemática, porque las cuestiones suscitadas afectan la vida y la fidelidad evangélica no sólo de las iglesias locales nacidas y crecidas entre los pueblos indígenas, sino también las de otras iglesias hermanas y de la Iglesia universal en su nuevo empeño de diálogo con las culturas antiguas y nuevas. Es un proceso educativo del cual la Iglesia va a aprender mucho en su esfuerzo de ser fiel al Dios viviente y al hombre viviente.

 Este proyecto de la Teología India, como toda empresa humana, tiene grandes desafíos y no pocos peligros, que pueden hacerlo abortar y retrasar la evangelización del corazón mismo de los pueblos Indoamericanos por mucho tiempo más. Yo me permitiría señalar los siguientes:

 

1) La precipitación y el querer avanzar demasiado rápido, quemando etapas, corriendo lejos o fuera del ritmo lento y seguro del pueblo.

2) El ansia de protagonismo de algunos de sus exponentes, que a base de lisonjas y congratulaciones, pueden perder el sentido de la realidad y hundirse en el error. Hay tantos ejemplos de ésto en la historia de la Iglesia.

3) La superficialidad y el empirismo de algunos que piensan que la Inculturación del Evangelio se logra con algunas expresiones y ritos, que más bien resultan ridículamente folclóricos.

4) La manipulación abusiva de “acompañantes” internacionales o locales que descubren en la fuerza de este movimiento un instrumento para lograr cambios políticos en beneficio propio, sin importarles en lo absoluto el aspecto religioso.

5) El temor a lo desconocido y un conservadurismo cerrado de parte de algunos pastores que no son capaces de captar el aleteo del Espíritu en estas manifestaciones y tratan de frenar, con los mismos criterios de hace 500 años, todo este movimiento, tildándolo de diabólico y perverso.

6) El que este movimiento o proyecto sea aprovechado por algunos para desahogar sus resentimientos y frustraciones.

 Uno se emociona pensando en la maravillosa floración evangélica que enriquecerá a la Iglesia Latinoamericana y Universal, si superando estos y otros escollos, se logra una auténtica evangelización en y desde estas ricas culturas milenarias de una impresionante y aleccionadora capacidad de sobrevivencia.

 

  1. Actitudes ante la Teología India

Como se ha podido observar he rehuído plantear el dilema central: ¿cuando hablamos de este tema, estamos hablando de Teología “India-India” o Teología “India-cristiana”?. Para nadie es un secreto que existe una corriente de pensamiento religioso en personas, que ó jamás han aceptado ha Cristo ó si creyeron en una época de su vida, le han rechazado después, considerándolo como un dios impuesto por la fuerza de los conquistadores tratando de sustituir a los “verdaderos dioses” de los pueblos Azteca, Maya, Inca, Quechua, etc. Una religión ancestral que, bajo el signo del terror y como forma de sobrevivencia, se refugió en un sincretismo religioso y se enmascaró bajo formas cristianas. Ahora, en un clima de mayor libertad y de permisivismo no temen quitarse la careta de cristianos y aparecer como una religión distinta, sin relación alguna con el cristianismo. Yo pienso, frente a estos hermanos, la Iglesia debe procurar entablar un diálogo respetuoso y franco, deslindando muy claramente los campos y aceptando esa realidad, que ha permanecido en la clandestinidad a lo largo de 500 años. Es lo que decimos en el Nº 137 del Documento de Santo Domingo.

 Cuando he hablado de Teología India, conscientemente no me he referido a este sector del pensamiento religioso de los indígenas latinoamericanos.

 Estoy convencido también de que hay una gran cantidad de indígenas que son auténticamente cristianos, para quienes Cristo es el centro de su vida y el Evangelio la norma de su conducta. Comunidades enteras que reflexionan con profundidad sobre la Palabra de Dios, que se dejan cuestionar por esa Palabra y transforman sus vidas, que se han dejado matar por su fidelidad a la fe cristiana, como lo atestiguan los innumerables mártires de los últimos años en Guatemala. Uno no se deja matar por un “barníz de cristianismo...” El aumento, lento pero sostenido, de ordenaciones sacerdotales de jóvenes indígenas y también de consagración en la vida religiosa, va haciendo que con mayor intensidad se plantee y estudie el problema de la inculturación del Evangelio. Y son ellos, y no nosotros -que, aunque nativos somos considerados como extranjeros- los que tienen que ir haciendo la gran síntesis para darle una fisonomía indígena a la Iglesia en sus regiones, manteniendo la unidad perfecta en la riqueza de formas culturales.

 A nosotros nos toca acompañar con respetuosa, atenta y prudente expectativa y clara apertura al impulso del Espíritu este delicado camino que se va haciendo y que, así lo esperamos, llevará a una hermosa realidad de plena evangelización de nuestros pueblos.

 No nos espantemos porque no podamos encontrar elaboraciones completas y un “corpus doctrinal” científicamente organizado. Alguien me decía y su palabra me conmovió: “LOS INDIOS NO HABLAN DE DIOS: HABLAN CON DIOS”

 

Cobán, A. V. Guatemala CA. Abril 19 de 1996.

 

[1] Ponencia presentada en la Reunión de Comisiones doctrinales de las Conferencias episcopales de América Latina, que se llevó a cabo en Guadalajara, Jalisco (México) del 6 al 10 de mayo de 1996, por convocación de la Congregación para doctrina de la fe, bajo la presidencia de su Prefecto, el Cardenal Joseph Ratzinger y coordinada por el Consejo Episcopal Latinoamericano.

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