America, Argentina
Categoría padre: Artículos por autor Categoría: Gerhard Lohfink

Del libro de G. Lohfink, ¿Necesita Dios la Iglesia?, San Pablo, Madrid 1999, pp. 217-228

 

3. La diversidad de la vocación: apóstol - discípulo - pueblo

Los doce son el inicio y el centro de desarrollo del Israel definitivo. Y los discípulos forman una nueva familia en torno a la cual se reunirá Israel. Pero ¿qué tipo de relación guardan entre sí propiamente los discípulos y el pueblo de Dios? ¿Acaso todo Israel debe convertirse en un pueblo de discípulos? ,;Acaso el grupo de discípulos forma el modelo para la comunidad definitiva de salvación, de manera que en él estuviera representado anticipadamente lo que debe ser todo el pueblo de Dios, es decir, un discipulado?

Hay en el Nuevo Testamento indicios textuales que en apariencia apuntan en esta dirección. Así, en el libro de los Hechos a menudo se habla simplemente de los «discípulos». La serie de las citas comienza en He 6,1-2:

«Como el número de los discípulos aumentaba, los griegos se quejaron contra los hebreos porque descuidaban a sus viudas en el suministro cotidiano. Entonces, los doce convocaron a todos los discípulos» (He 6,1-2).

La palabra «discípulo» designa aquí a toda la comunidad. Este peculiar uso lingüístico, que debe remontarse hasta la época de la primitiva comunidad jerosolimitana, también se encuentra otras veces en los Hechos de los apóstoles. «Discípulo» puede significar ahí simplemente «cristiano» o «miembro de la comunidad», y «discípulos» no quiere decir a menudo otra cosa que la comunidad de Jerusalén o de otro lugar.

Añádase a esto que los evangelios, que hablan con extraordinaria frecuencia de los discípulos de Jesús, no son meras presentaciones históricas sino que a la vez proyectan el tiempo de Jesús sobre el tiempo posterior de la iglesia. Hablando de Jesús, los evangelistas hablan igualmente de su propio presente eclesial. Por eso con mayor razón, el hecho de ver en el discipulado una característica esencial de la Iglesia se sitúa muy cerca. Se podría pues plantear la ecuación: Iglesia = discipulado.

¿Pero esto es correcto? Si se lee el Nuevo Testamento con mayor exactitud, la cuestión se presenta más diferenciada. El uso del lenguaje de los Hechos de los apóstoles remite insoslayablemente al hecho de que sin discipulado no puede haber una Iglesia concebida según el Nuevo Testamento. Pero este uso es raro dentro del Nuevo Testamento. La literatura de las Cartas evita ya la palabra «discípulo». El modo de expresión de los Hechos de los apóstoles podría proceder de la situación inicial de la joven Iglesia pospascual. En ese primer momento todavía no eran precisas las diferenciaciones. Sólo vendrían más tarde, pero ya estaban fundamentalmente depositadas en la misma tradición de los evangelios.

Según los evangelios sólo se puede llegar a ser discípulo si se es escogido para ello por Jesús; casi siempre con la llamada: « ¡venid conmigo! » o « ¡seguidme!». Y Jesús no llama a todos a su seguimiento. La proclamación del reino de Dios en Mc 1,15 desemboca en la invitación: «arrepentíos y creed en el evangelio» pero no en «seguidme y haceos mis discípulos». No hay una palabra de Jesús invitando a todo el pueblo al discipulado, es decir, al seguimiento. Pero sobre todo, él no pone en ninguna parte la condición de ser discípulo para participar en el reino de Dios.

En correspondencia, queda limitado el número de aquellos que llama a su seguimiento. Son sobre todo los doce. Más allá del grupo de los doce se pueden aún nombrar las personas siguientes, de las cuales la tradición neotestamentaria deja claro que eran «discípulos», o sea, «seguidores» de Jesús: Matías, José Barsabás, Cleofás, José de Arimatea, Natanael, María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y José, Salome, Juana la mujer de Cusa, Susana.

Junto al grupo de los discípulos, Lucas cuenta todavía con otros setenta discípulos. Setenta es en cualquier caso un número redondo, que debe proporcionar colorido bíblico. Pues los números 12, 40 y 70 pertenecen en el Antiguo Testamento a las cifras teológicamente más empleadas y cualificadas. Con el número setenta, quizá Lucas no estaba tan alejado del tamaño real del grupo de los discípulos. Jesús no ha intentado conseguir discípulos a cualquier precio. incluso ha advertido:

«Mientras iban de camino uno le dijo: "Té seguiré adondequiera que vayas". Jesús le dijo: "Las raposas tienen madrigueras y las aves del cielo, nidos; pero el hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza"» (Lc 9,57-58).

Otras observaciones apuntan en la misma dirección- Jesús entra en casa de Zaqueo el publicano, del mismo modo que entró en casa del publicano Leví. Pero sobre Zaqueo no recae la invitación al seguimiento que recayó sobre Leví. Zaqueo dará en el futuro a los pobres de Israel la mitad de sus bienes y el dinero estafado lo restituirá cuadriplicándolo. Pero se quedará en Jericó y continuará ejercitando su antiguo oficio de cobrador de impuestos.

Jesús tampoco llama a su seguimiento a Simón el leproso. en cuya casa es invitado a un banquete (Mc 14,3-9). Algo semejante pasa con Lázaro. Según el evangelio de Juan entre Jesús y la familia de Lázaro existía una relación especialmente afectiva: Jesús ama a Lázaro y llora camino de su tumba. Pero en ninguna parte se informa que Lázaro haya formado parte de los discípulos o de los seguidores de Jesús.

Es totalmente manifiesto: en el entorno de Jesús hay curiosos, como Nicodemo, que de noche acude a Jesús para conocerlo mejor (Jn 3,1-2); hay simpatizantes, como José de Arimatea, que en secreto es un discípulo de Jesús (Jn 19,38); hay familias amigas, como Lázaro y sus hermanas, cuya casa en Betania es una especie de punto de apoyo en las proximidades de la capital; hay incluso hombres que de vez en cuando acompañan a Jesús, como Bartimeo, el ciego de Jericó que él había curado (Mc 10,52); en pocas palabras, hay muchos hombres y mujeres en Israel que escuchan a Jesús, que depositan en él su esperanza, que le apoyan y simpatizan con él. Pero no se cuentan entre los discípulos en sentido propio. No siguen a Jesús en su inestable vida itinerante, sino que se quedan en casa. Son partidarios de Jesús de «lugar fijo». Entre ellos se cuentan sobre todo aquellos que acogen a Jesús y sus discípulos en sus casas al caer de la tarde. Durante el día, muchas veces Jesús aún no sabe dónde pasará la noche.

Esta situación se ilumina de improviso por una pequeña escena que se desarrolla camino de Jerusalén. Jesús ha enviado emisarios que deben procurarle alojamiento con sus discípulos en una aldea samaritana; pero se abre paso la tensión entre los judíos y los samaritanos: Jesús no es acogido, porque va camino de Jerusalén (Lc 9,5 1~56). Esto no es en absoluto ingenuo. El historiador Flavio Josefo cuenta que en tiempo del procurador Ventidio Cumano (48-52 d.C.), algunos peregrinos galileos que atravesaban la región samaritana hacia Jerusalén fueron atacados por los samaritanos y, que un peregrino fue asesinado.

La amenaza, a que siempre estaban expuestos Jesús y sus discípulos, todavía se refleja en el discurso de envío. Los discípulos, conscientemente enviados sin medios ni armas (se deben distinguir claramente de los zelotas armados), necesitan un techo para pernoctar, después de haber estado todo el día de camino. Necesitan hombres que les provean de comida y les aseguren un reparo para la noche:

«¡Andad! Mirad que yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, no saludéis a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa. Si allí vive gente de paz, vuestra paz reposará sobre ellos; si no, se volverá a vosotros. Quedaos en esa casa, comiendo y bebiendo lo que tengan, porque el obrero tiene derecho a su salario. No andéis de casa en casa.

Si llegáis a un pueblo y os reciben bien, comed lo que os sirvan; curad a los enfermos que haya y decidles: El reino de Dios está cerca de vosotros. Pero si llegáis a un pueblo y no os reciben, id por las calles diciendo: hasta el polvo de vuestro pueblo que se nos pegó a los pies nos lo sacudimos» (Lc 10,3-1 l).

El texto muestra que al entrar en casas extrañas no se busca solamente refugio y protección de la propia vida, sino en la misma medida, o quizá aún más, la obtención de nuevos hombres para el anuncio de Jesús. Las casas en las que entran los discípulos se deben convertir en puntos de apoyo del movimiento de Jesús. Se debe tender sobre toda la tierra una red de casas, en las cuales ha entrado la paz definitiva. Por todos los lugares de Israel debe haber hombres que están atrapado, por el reino de Dios, y que por consiguiente se fían de otros comparten con otros y se preocupan por otros » De este modo se origina la base viviente que sustenta la tarea anunciadora de los doce.

Quizá con todo esto ha quedado claro que Jesús no llama a todo Israel al discipulado. junto a los discípulos hay un amplio espectro de hombres que se abren al evangelio de Jesús toman en serio su llamada a la conversión, pero que no emprenden su seguimiento directo. De este modo resultan tres grupos en sí mismos: el grupo de los doce, que ya en el evangelio es equiparado con los «apóstoles»; el grupo de los discípulos, que es claramente mayor, pero que también sigue a Jesús directamente; y por último, el Pueblo, en la medida en que acepta positivamente el anuncio de Jesús.

Esta triple estructura es visible en los cuatro evangelios, pero en ninguno tanto como en el de Lucas. Y se vislumbra. una vez más con especial claridad, en la audiencia del denominado «discurso de la llanura», el correspondiente lucano del sermón de la montaña de Mateo. Lucas empieza de muy lejos para presentar con el mayor cuidado posible al «público» de este sermón de la llanura:

«Por aquellos días fue Jesús a la montaña a orar, Y pasó la noche orando a Dios. Cuando llegó el día llamó a sus discípulos y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles. ( ... ) Bajó con ellos y se detuvo en una explanada en la que había un gran número de discípulos y mucha gente del Pueblo de toda Judea, de Jerusalén y de todo el litoral de Tiro y Sidón, que habían llegado para escucharlo y ser curados de sus enfermedades. Los que eran atormentados por espíritus inmundos también eran curados, Toda la gente quería tocarlo, porque salía de él una fuerza que curaba a todos. Entonces Jesús levantando los ojos hacia sus discípulos, comenzó a decir... » (Lc 6,12-20).

Al contrario que Mateo, Lucas habla de una «explanada». De esa manera se puede desplegar ordenadamente el auditorio del gran discurso de Jesús. Jesús mismo constituye el centro. En torno a él se imagina uno a los doce. justo por esta razón, Lucas ha antepuesto la elección de los doce. En torno a los doce se forma un círculo más amplio: la «gran multitud de los discípulos». Y alrededor de los discípulos, finalmente, el pueblo. Lucas utiliza la palabra griega laos y da a entender con ello que no se trata de un tropel de gente cualquiera, sino del pueblo escogido desde antiguo. El pueblo ha acudido en masa desde todo el país de los judíos, incluso están presentes hombres de las regiones paganas de Tiro y Sidón.

Jesús inicia su discurso programático ante este auditorio cuidadosamente dispuesto. Sobre todo se dirige a sus discípulos, pues «hacia ellos levanta los ojos». Pero al final del discurso se dirá que ha pronunciado sus palabras «a los oídos del pueblo» (Lc 7,1). En esta diferenciacion se percibe que realmente se considera cada matiz. Según Lucas, Jesús se debe en primer lugar y sobre todo a los discípulos. Ellos son los oyentes del discurso de la llanura en un sentido especialmente cualificado; el discurso vale sobre todo para ellos. Pero por supuesto vale también para el pueblo, pues todo Israel debe ser reunido. Los discípulos no llevan una existencia especial, sino que están orientados hacia todo Israel.

Apóstol - discípulo - pueblo: estas líneas estructurales que se trazan a través de los evangelios no son una casualidad. Expresan algo que es esencial para el pueblo de Dios definitivo, como Jesús lo ve, y por lo tanto pertenece necesariamente a la Iglesia: al grupo de los doce no puede pertenecer cualquiera. Ellos son en primer lugar un puro símbolo creado por Jesus para hacer visible la voluntad de Dios en la renovación definitiva del pueblo de las doce tribus. Al mismo tiempo, los doce son enviados a Israel: son pues portadores de una misión definitiva, que continuará después en la iglesia. Por eso ya en el evangelio son calificados justamente como «apóstoles» (enviados).

Del mismo modo, tampoco cualquiera puede ser discípulo; pues el discipulado también presupone una llamada especial de Jesús. No depende de la voluntad del individuo. Puede ser que alguien quiera seguir a Jesús, pero que no sea hecho discípulo por él. El hombre de la región de Gerasa, que Jesús ha liberado de sus demonios, le pide expresamente «que le permita ir con él» (Mc 5,18). Esta es la locución con la que Marcos parafrasea la función primera de los doce: «para que estuvieran con él» (Mc 3,14). El sanado suplica en efecto poder permanecer como discípulo en el entorno más cercano a Jesús.

«Jesús no le dejó, sino que le dijo: "Vetea casa con los tuyos y cuéntales todo lo que el Señor, compadecido de ti, ha hecho contigo". Él se fue y comenzó a publicar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; y todos se admiraban» (Mc 5,19-20).

Muchos intérpretes suponen que esta conclusión del relato mira ya hacia la misión pospascual en las ciudades de la Decápolis. El relato presupone que el hombre era un pagano y es descrito como el primer misionero cristiano de la Decápolis pagana. Por ello no podría haberse convertido, según la lógica de la narración, en un seguidor directo. El discipulado del Jesús prepascual aún se dirigiría del todo a Israel.

Si esto es verdad o no, puede quedar aquí abierto. En cualquier caso el relato muestra que no cualquiera es llamado al círculo de los discípulos. Los evangelios cuentan con la posibilidad de que uno sea devuelto a su familia, aunque quiera ser discípulo. Pero esto no significa en ningún caso que él no sea importante para el movimiento de Jesús. El sanado de Gerasa se convertirá en anunciador de Jesús justamente en su entorno, quizá incluso en preparador de una misión futura.

No formar parte pues del grupo más estrecho de los discípulos no es en absoluto un indicio de incredulidad o un signo de que uno está al margen. En ninguna parte Jesús califica de indecisos o pusilánimes a aquellos partidarios suyos que él no ha llamado a su seguimiento. Todo aquel que acepta de Jesús la buena noticia del Reino tiene su llamada propia. Cada uno puede contribuir a su manera y según su medida a la edificación del conjunto. Nadie es secundario. El curado de Gerasa se hace tan importante para la causa de Jesús como los discípulos que caminan con Jesús.

También se debe ser prudente con la afirmación de que la existencia de los discípulos sea la forma de vida más radical. Está claro que el ethos del seguimiento es radical. ¿Acaso hay algo más duro y más desconsiderado que el hecho de que cuando uno es llamado por Jesús al seguimiento, se le responda que primero tendría que enterrar a su padre (que quizá acaba de morir, o que está en el lecho de muerte o que es anciano y está enfermo), y que ante esto se reciba de Jesús esta respuesta:

«Deja que los muertos entierren a sus muertos, tú ven a anunciar el reino de Dios» (Lc 9,60)?

Y sin embargo el ethos del sermón de la montaña es igual de radical, pues no vale solamente para los discípulos sino para cualquiera en el pueblo de Dios definitivo. Ya que se exige que no sólo no se haga el mal, sino que se omita ya toda palabra irritada contra el hermano en la fe (Mt 5,22); se exige tomar tan en serio el matrimonio ajeno (y en consecuencia el propio), que ni siquiera una vez se mire con deseo a la mujer del prójimo (Mt 5,27~28); se exige que para los casados ya no haya separación, sino solamente la fidelidad hasta la muerte Mt 5,31-32); que ya no haya tergiversación y encubrimiento del lenguaje, sino ya solamente la univocidad absoluta (Mt 5,37), y que se dé a quien pida algo (Mt 5,42).

Si se equipara la mirada ávida de un hombre a la mujer de su prójimo con el adulterio consumado, en esto se es tan radical como en el requerimiento a los discípulos de abandonar su familia. Jesús exige a unos una fidelidad absoluta e inviolable a la esposa (Mt 5,31-32), y a otros la misma fidelidad absoluta e inviolable a su misión de anunciar (Lc 9,62). Esto quiere decir: la forma de vida concreta, ya sea el matrimonio o el seguimiento en el anuncio, es tomada absolutamente en serio por Jesús. Ambas formas de vida son posibles en su estilo radical a la vista del resplandor y la fascinación que brotan del reino de Dios.

Pero sobre todo: ambas formas de vida no están aisladas o desunidas entre sí. Los discípulos, que están de camino, viven de la ayuda de las familias que por la noche les abren sus casas. Y las familias viven de la nueva familia, que ha comenzado en el grupo de los discípulos. Hay aquí continuas irradiaciones, interferencias y repercusiones. Los discípulos no viven para sí, sino para el pueblo de Dios y los partidarios en los lugares fijos ya no viven sólo para sí y para sus hijos.

No hay pues un ethos en dos niveles: el ethos perfecto de los apóstoles y discípulos y el algo menos perfecto del resto del pueblo de Dios. Sin embargo, debe admitirse que en el evangelio hay un texto que presupone aparentemente un ethos en dos niveles. el relato del hombre rico que se acerca a Jesús preguntando cómo puede alcanzar la «vida eterna». Jesús le remite a los diez mandamientos. El hombre responde: los he guardado desde la juventud; entonces Jesús lo mira con amor y le dice:

«"Te queda una cosa por hacer: Anda, vende todo lo que tienes dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Después ven y sígueme". Al oír esto, el joven se fue muy triste porque tenía muchos bienes» (Mc 10,21-22).

Mateo ha reclaborado levemente el texto de Marcos. La frase «te queda una cosa ... » la ha reformado en «si quieres ser perfecto ... » (Mt 19,21). En la historia de la Iglesia, el evangelio del joven rico ha tenido una extraordinaria repercusión histórica: ha dado la fuerza a muchos hombres y mujeres para dejar tras de sí su existencia burguesa y comenzar una vida alternativa de seguimiento en una convivencia nueva. La historia de muchas fundaciones de órdenes religiosas se inicia con este texto.

El texto de Mateo «si quieres ser perfecto» ha conducido sin duda a la idea de que debía haber en la iglesia dos estados: el estado de perfección, de los que viven el seguimiento, y, el estado de los menos perfectos, para los cuales sólo valen los diez mandamientos.

Semejante ethos en dos niveles no hace sin embargo justicia al texto. Ni Mateo ni Marcos formulan aquí normas generales para el pueblo de Dios. La historia narra un caso concreto. Jesús dice a un hombre determinado, que se ha acercado a él buscando y lleno de inquietud: «vende todo lo que tienes». La exigencia de Jesús vale para él personalmente. Es una palabra de llamada al discipulado. Evidentemente este texto es también transparente en el sentido de los evangelistas para la iglesia del futuro: deben darse en ella muchas llamadas al seguimiento y al discipulado. Pero en cualquier caso estas llamadas serán siempre llamadas específicas a los individuos y no una ley para todos.

El conjunto se aclara aún más si se toma en serio la palabra conclusiva de la interpretación mateana. Tras el término «perfecto» está el adjetivo hebreo tamim. Y tamim significa: «todo», «indiviso», «íntegro», «sano», «intacto». Ser perfecto en el sentido bíblico no quiere indicar nuestra perfección, sino vivir del todo y sin división ante Dios. El rico había mantenido su fortuna al margen de su relación con Dios, y por eso necesitaba algo «más» en su relación con Él. Jesús quiere su «todo».

Y este «todo» no es una vez más un privilegio de los discípulos. La pobre viuda, que da dos céntimos, da todo lo que tiene a diferencia de los ricos, que sólo entregan al templo una parte de lo que les sobra. Ella da todo lo suyo (Mc 12,41-42).

El «todo» es diferente para cada uno. Para uno puede significar dejarlo todo; para otro quedarse en casa y ponerla a disposición de los enviados de Jesús. Quizá para un tercero puede suponer incluso ofrecer a los discípulos un trago de agua fresca cuando se cruzan en su camino. La persona en cuestion «no perderá ciertamente su recompensa», dice Jesús (Mt 10,42).

Cuanto más atentamente se leen los evangelios, más claro se muestra que la estructura apóstoles - discípulos - pueblo no corresponde a una característica accidental, sino que es esencial en los evangelios. No sólo se deduce desde el punto de vista práctico funcional, pues hubiera sido imposible para Jesús atravesar Israel con miles de discípulos, y tampoco dimana solamente de que, de hecho, sólo le siguieron unos pocos en Israel. Se debe mirar más profundamente. En definitiva la distinción entre apóstoles - discípulos - pueblo es condicióri previa de la libertad de cada individuo en el pueblo de Dios.

Cada uno tiene su propia historia con su poder-ver y, no poder-ver, con su libertad y su falta de la misma. La llamada de cada individuo corresponde a esta historia diferente de cada uno. Sólo quien ve es llamado. Y nadie es llamado para algo que no se encuentra en el campo de sus posibilidades. Pero todas y cada una de las diferentes llamadas pueden actuar unidas a favor del conjunto.

El desdoblamiento de la iglesia en perfectos y menos perfectos, en ethos radical y ethos menos radical ignora la unidad del pueblo de Dios y la orientación de todos sus miembros hacia la misma causa. El hecho de que en la Iglesia surgieran desde el siglo III comunidades de monjes, como lugares mas establemente diseñados para el seguimiento y los «consejos evangélicos», fue casi un desarrollo necesario, tan pronto como la Iglesia primitiva de comunidades se convirtió en una Iglesia de masas, en la que los perfiles del evangelio amenazaban con desdibujarse. Monasterios y «sociedades de vida común» han mantenido en la iglesia a lo largo de los siglos el proyecto del discipulado. Pero fue un recurso de urgencia con nuevos estrechamientos; pues de esta manera se desarrolló el discipulado en la Iglesia como una forma especial, como un propio estado eclesial. Apenas existía la posibilidad para el resto de los bautizados de vivir el seguimiento; para ello se debía ir al monasterio.

Pero seguimiento y discipulado responden sólo a los evangelios, si pueden vivirse en una estrecha reciprocidad, verdaderamente en una unión de apóstoles, discípulos y pueblo. Sólo así recibe su fuerza el pueblo de Dios definitivo. Sólo así muchos miembros se convierten en un solo cuerpo, en un edificio celestial de muchas piedras vivas. El modo concreto el, que podría aparecer esto, es decir, cómo podrían ser vivido el discipulado y el seguimiento en comunidades normales, en medio del pueblo de Dios, nos ocupará en la cuarta parte de este libro.

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