America, Argentina
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Ochenta y seis sacerdotes de distintas zonas del país nos hemos reunido en San Antonio de Arredondo (Córdoba) para nuestro SEXTO ENCUENTRO ANUAL. En nuestra actividad diaria acompañamos a los pobres de nuestro pueblo y queremos ser fieles a su vida, a sus luchas y esperanzas.

Convivimos con los que más sufren el costo del ajuste: los trabajadores, peones golondrinas, aborígenes, jubilados, maestros y especialmente desocupados, los cartoneros, los presos y enfermos, los jóvenes marginados, los chicos de la calle... Esta realidad nos muestra al desnudo las consecuencias de un programa económico que antepone la competencia salvaje y las exigencias que nos imponen desde afuera a las necesidades de los más pobres, abandonándolos a su suerte. Más aún, cuando esto va acompañado de un clima general y situaciones específicas de corrupción e impunidad.

Nos duele y nos indigna que un sector tan importante de nuestro pueblo sea excluido de las posibilidades de una vida digna. Nosotros queremos una Argentina eficiente, con crecimiento y estabilidad. Pero no a este costo. Creemos que ninguna sociedad puede realizarse plenamente si no pone en el centro de su preocupación la vida de los pobres. Justamente aquellos a quienes Jesús dedicó mayor atención (los hambrientos, los enfermos, los sin techo), ese tercio o más de nuestra población son los que se quedan afuera del país que se está construyendo, como el pobre que, en el relato de Jesús, moría de hambre a las puertas de la mansión del rico (Lucas 16, 19-31). Y esto, para un cristiano, es inaceptable.

Sin embargo, a pesar de todo esto, somos testigos cotidianamente de la esperanza, la solidaridad, la capacidad de compartir, las ganas de celebrar en tantas fiestas familiares y populares, la increíble resistencia ante el dolor y la muerte que siguen vivas en nuestro pueblo.

Esto da lugar a muchas formas de organización y maneras de enfrentar la lucha por la vida en cooperativas, mutuales, micro-emprendimientos, guarderías, comedores populares, y tantas otras expresiones de creatividad en el desafío de sobrevivir.

Y al mismo tiempo, esta fe que se aferra a la vida se convierte en un clamor. Un clamor que, a cinco siglos de la llegada de la fe cristiana a nuestra tierra, sigue uniendo la confianza en Dios con la exigencia de una justicia demasiado largamente esperada. Y que pide, a todos aquellos que tienen capacidad para hacerlo, que se busquen los caminos para abrir otras posibilidades.

Que María, que desde el principio quiso ser la Madre de los Pobres, siga sosteniendo nuestra esperanza y nos enseñe a ser hermanos y hermanas de verdad.

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