America, Argentina
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    Mensaje de Navidad 2020

     

    «El Ángel del Señor dijo a los pastores:“No teman… encontrarán un niño recién nacido envuelto en pañales”» (cf. Lc 2,10-12)

     

    Los pastores son el símbolo evangélico de los más pobres del pueblo. Allí encuentra Dios corazones dispuestos a recibir la Buena Noticia del Reino que se hace Navidad, nacimiento de Dios entre nosotros y nosotras. Son los pobres los que reconocen esta iniciativa divina, lejos de los palacios y del poder. Una vez más el nacimiento de la esperanza que es Jesús, Buena Noticia para los pobres, sólo podrá ser reconocido por los pastores de hoy.

    Es fin de año y un cierto balance se impone. Hemos transitado un año difícil con la inesperada pandemia del coronavirus (luego de la epidemia neoliberal 2015-2019). Año «raro» para la vida de nuestras comunidades. Con mucho dolor, hasta se nos hizo difícil despedir a los que morían: personas cercanas ―familiares, amigas y amigos― y personas importantes y significativas para la vida de nuestro pueblo.

    Una mención especial entre estas pérdidas la merece la reciente despedida de Diego Maradona. Nos recordó la «intuición de los pastores», la intuición del pueblo y de los pobres.. El «pueblo» constituye ese sustrato multitudinario que excede toda organización y trasciende toda representación. Como aquel 17 de octubre de 1945, fuimos testigos de un «aluvión» que se intentó «organizar». Pero el pueblo y los pobres son inasibles. Ellos reconocen quiénes los aman y los acompañan, más allá de toda organización. Diego es de ellos y de ellas, pobres de la tierra. Quienes anhelamos acompañar y servir al pueblo, más aún ser sencillamente parte del pueblo, debemos tomar nota.

    Esta pandemia deja al descubierto las expresiones más generosas y las actitudes más mezquinas del corazón humano. Y reveló sin más la extrema desigualdad en que vive nuestra Patria (El 34,9% de los hogares y el 44,2% de las personas se encuentran por debajo de la línea de la pobreza al cierre del tercer trimestre del año, según el Observatorio Social de la UCA). Desigualdad que no inventó el coronavirus. Injusticia social que crece al ritmo de la concentración obscena de la riqueza en cada vez menos manos.

    Nos pareció importante que un gobierno popular buscara diversas maneras de asistir a todos los sectores, pero especialmente a los más desprotegidos con planes en dinero y alimentos. El proyecto hecho ley del «aporte extraordinario a las grandes fortunas» fue una iniciativa que encontró la resistencia de los mismos de siempre: los ricos que cuestionó Jesús. Los que acumulan sus impúdicas fortunas de espaldas al hambre del pueblo. Anhelamos no sólo el pan en la mesa, sino el trabajo digno para conseguir este pan. Anhelamos mayor justicia social.

    También reconocemos desde el gobierno un enorme esfuerzo por la salud de nuestro pueblo. Nos conmovieron los agentes de la salud pública y privada que arriesgaron su vida en un servicio sin descanso (pese a todas las operaciones «anticuarentena»). Nuestro pueblo sencillo buscó cuidarse y cuidar. Y la solidaridad brilló más que la mezquindad en los barrios, los comedores y en las distintas iniciativas por acompañar la vida en los peores momentos. Más aún que las inmorales operaciones promovidas por los poderes fácticos desde los medios hegemónicos que, silenciando la devastación que dejó el gobierno cambiemita y poniendo incluso en riesgo la salud de nuestro pueblo, procuraron obstaculizar todas y cada una de las medidas con las que el gobierno nacional se esforzó por enfrentar las consecuencias sanitarias, sociales y económicas de la pandemia.

    A esas operaciones respondemos con palabras del Papa Francisco: «El engaño del “todo está mal” es respondido con un “nadie puede arreglarlo”, “¿qué puedo hacer yo?”. De esta manera, se nutre el desencanto y la desesperanza, y eso no alienta un espíritu de solidaridad y de generosidad. Hundir a un pueblo en el desaliento es el cierre de un círculo perverso perfecto: así obra la dictadura invisible de los verdaderos intereses ocultos, que se adueñaron de los recursos y de la capacidad de opinar y pensar.» (Fratelli tuti, n° 75).

    La renegociación de la deuda con los acreedores privados y con el FMI exigió de una destreza especial. Siempre estará en juego no sólo atender a las exigencias de los que piden esfuerzos de pagos y ajustes desde «afuera»; sino del pueblo que pide una vida digna aquí «adentro».

    El tema del «acceso a la tierra y la vivienda digna» se hizo patente en la toma de Guernica (Pcia.de Buenos Aires). «Tierra, Techo y Trabajo» para todos y todas debe seguir siendo la consigna. Exige decisión política y proyectos concretos que no se resuelvan en escritorios sino que se construyan con las familias que esperan una vida más digna. Las familias pobres, como la de Jesús, no encuentran más lugar que la de marginales pesebres donde esperar la vida (cf. Lc 2,7).

    Son muchas los desafíos que tenemos todavía como sociedad. Es preciso un esfuerzo urgente para comenzar a resolver la brecha de la desigualdad. El cuidado de la tierra ante la amenaza de negocios voraces que envenenan el suelo, el agua y a la misma población, consumen los recursos naturales o incendian si se cree necesario para acrecentar el lucro, exige políticas severas y estrictas.

    Sigue pendiente la necesaria reforma judicial que no sólo termine con el lawfare o «guerra judicial», sino que dé forma a un sistema judicial que tenga como objetivo proteger la vida y los derechos de los más débiles y vulnerados, más que los intereses de los poderosos. Seguimos esperando la libertad de los presos políticos y expresamos aquí nuestra renovada solidaridad con Milagro Sala y con todos aquéllos y aquéllas que siguen presos y presas. Necesitamos contar definitivamente con fuerzas armadas y de seguridad que cuiden del pueblo y no conformen una amenaza latente: la violencia policial se ha mostrado «selectiva» en repetidas ocasiones reprimiendo violentamente a los sectores populares.

    Es preciso y urgente también desarmar la violencia de género: este año hemos sido testigos de un notable aumento de femicidios y crímenes de odio contra las minorías sexuales. Es responsabilidad de todos nosotros terminar con toda forma de racismo y xenofobia, encontrar formas de discusión que superen posturas binarias frente a los debates siempre complejos: celestes/verdes, vida/muerte, pro/anti); lograr proyectos a mediano y largo plazo que den continuidad a la esperanza de nuestro pueblo y especialmente de los pobres.

    El balance de fin de año es, para nosotros, un ejercicio creyente: creemos que la vida y el amor es más fuerte que toda forma de muerte. Y, en el servicio a nuestro pueblo, queremos con él reconocer la esperanza de la Vida que se hace Niño en el pesebre. ¡Feliz Navidad!

     

    Grupo de Curas en la Opción por los Pobres
    4 de Diciembre de 2020

     

    (277)

    Ante la toma de tierras

    "... los humildes poseerán la tierra y gozarán de una gran felicidad" (Sal 37,11)

    La tierra, y el consecuente hábitat humano, es uno de los bienes considerados "bendición de Dios" por el pueblo de Israel. Es promesa que busca cumplimiento en esta historia. Pero el pecado del hombre, a través del tiempo, lo ha convertido en un "botín de guerra". El conflicto por la tierra no es nuevo. Es "el" conflicto que recorre la historia de la humanidad y nuestra propia historia nacional. Hoy, este conflicto, en forma de "tomas de tierras" en el conurbano bonaerense y en otros lugares del país, se ha convertido en una realidad que pide respuestas de fondo que busquen resolver y no dilatar el problema.

    "El destino universal de los bienes no es un adorno discursivo de la doctrina social de la Iglesia. Es una realidad anterior a la propiedad privada" (Papa Francisco a los Movimientos Populares, 9/Jul/2015). Este es el marco para pensar una política de tierras para todos y todas.

    La injusticia en la distribución de la tierra es flagrante. Extensiones inmensas con títulos de propiedad privada, barrios exclusivos, casas y departamentos vacíos, inmuebles ociosos, por un lado. Y, por otro, multitud de pobres y no tan pobres buscando un lugar en el mundo, a la intemperie del hogar imposible porque se les niegan sistemáticamente un pedazo de tierra y una casa digna.

    Ya decía Carlos Mugica que "...el Código Civil fue una avivada de doscientas familias que ya se habían apoderado de las tierras y por eso podan decir: "cada uno tiene derecho a ser propietario de aquello que tiene"... "hay que respetar la propiedad privada". La única propiedad privada que tiene la gente de las Villas es el aire. Ninguna otra". Tremenda descripción de una injusticia que lleva décadas en el Pals.

    La toma de tierras fomentada por las innumerables familias expulsadas de la Capital Federal hacia el conurbano bonaerense en tiempos de la Dictadura Militar y por las migraciones internas y externas fue crítica. Pero tenía un gran caudal de solidaridad, de deseo de futuro, de lograr la casa propia. Y, no sin dificultades, esas tomas fueron inicio de muchos de nuestros barrios del conurbano bonaerense.

    Desde hace ya muchos años, las tomas se han complejizado muchísimo. El atravesamiento de negocios oscuros como la venta de compra-droga; la compra-venta y alquiler de lotes; y otras inconfesables actividades, por mano de verdaderas bandas (generalmente al cobijo de funcionarios que "miran para otro lado" y del personal de seguridad que termina siendo socio del delito) complican este escenario. Las tierras de los pobres, de esta manera, se convierten en lugares invivibles. Y, en tiempo de pandemia, son espacios donde el riesgo de contagio del covid se une al de enfermedades preexistentes propias de la pobreza.

    En este contexto, de ninguna manera se puede avalar "la toma" como alternativa. Nos preocupa que se aliente esta iniciativa. Pero, al mismo tiempo, debemos decir que esto no significa renunciar al justo reclamo de la tierra y la vivienda digna. La toma de tierras expone a las familias pobres a innumerables padecimientos y al conflicto con la ley.

    Seguimos creyendo que la raíz del problema es la injusta distribución de la tierra y la concentración de la misma en pocas manos. Pero la salida tiene que ser más creativa que exponer la carne de los pobres a nuevos sufrimientos.

    Nos parece que el camino y la tarea por un acceso justo al hábitat pasan, entre otras iniciativas:

    • por la creación de ordenanzas de Consejos Locales de Tierra y Hábitat en nuestros municipios. Y, desde allí, realizar aportes a la Ley Provincial de Acceso Justo al Hábitat en el caso de la Provincia de Buenos Aires. En esos Consejos locales confluyen las diferentes miradas: del estado municipal, de las organizaciones sociales, de la universidad pública y, en algunos casos, de la Iglesia.
    • por proyectos de lotes con servicios para los trabajadores donde la gente se construye la casa propia con planes de autoconstrucción. Valoramos los planes de vivienda terminada, pero el ingreso a la tierra y a la casa propia es urgente.
    • por generar espacios de formación en ámbitos académicos. Celebramos, en este sentido, la diplomatura en tierra y hábitat que ofrece la Universidad Nacional Arturo Jauretche de Florencio Varela para los compañeros de las organizaciones sociales.

    Creemos que, especialmente en este tema, nadie es dueño de "la verdad" o posee "la solución". Las miradas aisladas no sirven. Necesitamos sentarnos a la misma mesa, comenzando por aquellos y aquellas que no tienen casa ni tierra, y compartir miradas que concreten este sueño de multitud de familias. Y abrir esta mesa es una responsabilidad de las autoridades políticas de nuestros distritos.

    "Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella, el mundo y todos sus habitantes", canta el salmista (24,1). Desde esta mirada del Dios Padre y Madre de todos y todas es que queremos mirar nuestra querida tierra, digna de vivir para todos sus hijos e hijas.

    Grupo de Curas en la Opción por los Pobres
    4 de Septiembre de 2020

    (625)

     

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Ante el recrudecimiento de la pandemia moral

Carta Abierta del Grupo de Curas en la Opción por los Pobres

Acabamos de comenzar el año 2021 en medio de una situación sanitaria, con sus consecuencias sociales y económicas, que exige de todas y todos nosotros «poner el hombro» y hacerle frente solidariamente. La pandemia de Covid-19 recrudece en el mundo entero y exige fuertes medidas que permitan atravesarla de la mejor manera posible hasta tanto pueda ser controlada.

Por eso no podemos dejar de asistir azorados al recrudecimiento de otra pandemia: la «pandemia moral» de quienes parecen empeñados en «poner palos en las ruedas» e impedir que los seres humanos podamos unirnos para enfrentar una crisis que, de una u otra manera, nos afecta a todos. Intereses políticos, intereses económicos, intereses de poder que tratan de sacar tajada de la desgracia de todas y todos a costa del bien común. Nuestra Patria no es la excepción, ni lo somos quienes habitamos este bendito suelo.

Por el contrario, en estas semanas en las que la curva de contagios ha aumentado notoriamente, asistimos al recrudecimiento de un carnaval de inmoralidad que se manifiesta en falsas noticias, «conspiracionismos» varios que pretenden disfrazarse de ciencia, oposición a cualquier medida que tomen las autoridades elegidas por el voto del pueblo, oposición por oposición, en definitiva.

La inundación de los medios hegemónicos con informaciones falsas respecto de la vacunación, la incitación a la aglomeración, la calificación de cualquier medida que pueda restringir la circulación del virus como restricción de las libertades individuales (¿terminarán diciendo que disparar un arma contra otra persona es un ejercicio de la libertad individual?), parecen la réplica multiplicada por miles de la inveterada costumbre de ciertos sectores de hacer política «tirando muertos sobre la mesa».

Sectores económicos, que no han dejado de hacer pingües ganancias durante este tiempo en que la gran mayoría de la población ha asumido enormes dificultades económicas en beneficio del cuidado mutuo, manifiestan su insensibilidad social pretendiendo no reducir sus ganancias un mínimo porcentaje en beneficio de toda la sociedad. Empresas prestadoras de servicios, hoy indispensables, aumentan sus tarifas más allá de lo permitido, «por si pasa». Una pequeñísima pero poderosa minoría cartelizada ―los «dueños de la tierra» que se autodenominan «el campo»― se niega a ceder una mínima ganancia (que no pueden llamar pérdida), aún poniendo en peligro el derecho a una alimentación digna de todos y en especial de los más vulnerados por esta crisis, extorsionando a la sociedad entera con la amenaza de un lockout convocado para la semana que entra por el solo hecho de que se les pide que por dos meses contengan su avaricia..

Podríamos enumerar más carrozas de este carnaval inmoral. Como cristianos, nos asusta y nos avergüenza que muchos de los que lo conducen digan profesar nuestra fe. Evidentemente no creemos en el mismo Cristo en quien dicen creer. Acabamos de celebrar la memoria de Aquél que siendo rico, se hizo pobre por nosotros, de Aquél que «se vació de si mismo asumiendo la condición de siervo» (Flp 2,7), el que nació en un humilde pesebre para ser, desde ese pesebre, Luz de las Naciones. No podemos dejar de intentar un llamado a la solidaridad, no podemos dejar de creer que pueden convertirse al Evangelio del Nazareno. O, por lo menos, que recuperen la sensatez y la responsabilidad social. Y no podemos sino llamar a todos y todas a no dejarse engañar por la maldad.

Grupo de Curas en la Opción por los Pobres
9 de Enero de 2021

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