Categoría padre: ROOT Categoría: Cartas y Firmas

En estos tiempos de Navidad, celebramos al Dios con nosotros, a la Palabra hecha carne. El Dios encarnado nos invita a vivir nuestra fe en la historia, con los pies en el barro de la vida y el destino de nuestros pueblos que caminan en busca de dignidad, libertad y justicia.

 La proximidad de los 40 años del comienzo de la Dictadura que enlutó nuestra Patria, y un aparente cambio en la actitud de la jerarquía eclesiástica frente a las víctimas del Genocidio nos invitan a reflexionar, como miembros de la Iglesia, sobre las relaciones del episcopado con la Dictadura y sus consecuencias que perduran hasta hoy.

Hubo miembros del episcopado que tuvieron un rol activo en la dictadura aportando ideología y bendición a los genocidas. Hubo obispos temerosos, los hubo desconocidos para la mayoría, y los hubo también comprometidos en la defensa de los Derechos Humanos, y hasta mártires, entre quienes mencionamos a Enrique Angelelli como caso emblemático. Sin embargo, la cúpula del Episcopado mostró impúdicamente una escandalosa cercanía a las juntas militares y un silenciamiento o búsqueda de disciplinar a la “Iglesia de los pobres”. Esta cercanía, además, se manifestó y se sigue manifestando en sus relaciones con el modelo económico liberal, que comenzó con la dictadura militar, y continuó con el neoliberalismo (1989-2003). Consideramos que aquel modelo económico de exclusión y libre mercado fue parte del genocidio.

El aparente cambio que se manifiesta en el Episcopado “exhortando” a los que se sientan “moralmente obligados” a “recurrir a las autoridades pertinentes” y tengan datos sobre desaparecidos, o sobre los niños apropiados no parece coherente con la presencia de agentes del establishment o del pensamiento económico liberal tanto en comisiones episcopales como en Universidades como la UCA, supuestamente “católica”, ni con la distante relación con los organismos de Derechos Humanos o la falta de aportes a la memoria colectiva.

El cambio de actitud del Episcopado, que celebramos, en continuidad con otros gestos del Obispo de Roma, nos parece que debe ir acompañado de otras actitudes de clara defensa de los Derechos Humanos, de reconocimiento explícito de los pecados y omisiones pasadas, de la exigencia a capellanes militares o de fuerzas de seguridad de brindar toda la información disponible, y un intento claro de reparar la actitud cómplice de la Iglesia ante la dictadura cívico-militar-eclesiástica-empresarial.

Queremos ser una Iglesia pobre y de los pobres. Es lo que manifiesta el gesto sencillo de Dios al elegir su nacimiento en medio de un pueblo sencillo, en un modo sencillo y anunciado a los despreciados de su tiempo. Los signos de la presencia del reinado de Dios entre nosotros nos invitan a “anunciar buenas noticias a los pobres” y desde ellos mostrar a la sociedad toda que “otro mundo es posible. Otro mundo en el que se pueda “vivir bien” (sumaj kawsay / suma qamaña), como proponen nuestros hermanos de los pueblos andinos.

Otro mundo donde a la vieja pregunta de nuestros hermanos mayores, los Curas del Tercer Mundo, “Feliz Navidad, ¿para quién?” respondamos mirando cara a cara a los pobres, a los despreciados, a las víctimas para brindar con ellos por un mañana mejor. Y caminar juntos.

 

Grupo de Curas en la Opción por los Pobres

Navidad 2014

 

 

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