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Análisis del Discurso Inaugural de Benedicto XVI

CONFERÊNCIA DE APARECIDA O DISCURSO INAUGURAL DO PAPA BENTO XVI SÍNTESE E DESTAQUES, Agenor Brighenti

Discurso de Bento XVI Abertura da V Conferência, J. B. Libanio, Anotações provisórias

O fundamental e o secundário no discurso do papa Bento XVI, Jung Mo Sung

BENEDICTO XVI Y LA OPCIÓN POR EL POBRE, Gustavo Gutiérrez

Una teología debe partir y llegar al Reino de Dios, Eduardo de la Serna

A Mensagem de Aparecida: Sonho e cálculo Eduardo Hoonaert (historiador)


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Una Iglesia para América Latina y El Caribe Seminario latino-americano de Teología Pablo Richard


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MENSAJE DE LA V CONFERENCIA GENERAL A LOS PUEBLOS DE AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE


Una teología debe partir y llegar al Reino de Dios

Una teología debe partir y llegar al Reino de Dios

 

La reciente proclamación de Teresa de Lisieux como “doctora de la Iglesia” nos vuelve a un tema principal de la teología: ¿qué es hacer teología? Ciertamente Teresa no podría compararse ni remotamente con teólogos sistemáticos de la talla de Tomás de Aquino, Agustín o Anselmo. Y sin embargo, es “doctora” como ellos[1]. El Papa Juan Pablo II destacó en la santa “la ciencia del Amor”[2] desplazando, o al menos no concentrando exclusivamente el acento de la “teología” en la fe. Si “hacer teología” es “hablar de Dios” o desde la “mirada de Dios”, podemos volver a un dato obvio, pero no por ello suficientemente destacado: el “primer analogado del teólogo” no es Tomás de Aquino (o alguno de los otros mencionados) sino Jesús de Nazaret. Nadie habla con tanta profundidad de Dios o nadie nos da una mirada tan profunda para mirar las cosas de Dios y desde Dios como Jesús. Sin duda a esto se refiere cuando habla de “los misterios del reino” (Mc 4,11p).

¿Qué son los misterios en las Sagradas Escrituras? El mysterion es algo oculto y desconocido en el plan de salvación de Dios pero que tiene como característica principal que será revelado (apokalyptô)[3]. Generalmente en un primer momento por un “revelador”, o un “angel interpres” anticipando veladamente el tiempo en que será plenamente manifestado[4]. Este “plan de salvación” es caracterizado por Jesús como “misterios del reino”; es el reino (basileía) el que ilustra el plan universal de salvación. Y no es al azar que el término aparezca por única vez en los sinópticos cuando Jesús explica “por qué habla en parábolas” (Mc 4,10p). Podemos afirmar que cuando habla del reino, Jesús lo hace únicamente en parábolas (Mc 4,34). Es razonable que una metáfora (el reino) se ilustre con otra imagen (la parábola).

¿Qué es el “reino de Dios”? Como en castellano, el término “reino” puede tener una dimensión temporal (“durante todo el reinado de Carlos V”), una dimensión espacial (“en todo el reinado de Carlos V”) o una dimensión que podríamos llamar “existencial” (“Carlos V reina”). Siendo que lo primero que se afirma del reino es que “viene”, ciertamente la dimensión del “reinado” debe entenderse en este último sentido: que Dios reina, significa que se realiza su voluntad. En un mundo donde la voluntad de Dios no está presente, Dios “se decide a intervenir para reinar”. Podemos afirmar, entonces, que los dos términos del Padre Nuestro “venga a nosotros tu reino” y “hágase tu voluntad” son en realidad, paralelos.

En ese sentido, los diferentes aspectos que se señalan en las parábolas del Reino son importantes para notar diversos elementos de esa voluntad que Dios quiere que se cumpla. Destaquemos algunos: las frecuentes parábolas vegetales sirven para ilustrar esa doble dimensión del reino que se ha calificado de “ya” y de “todavía no”; las frecuentes referencias a fiestas, bodas, banquetes ilustran la universalidad de la salvación. Sin embargo, en la primera parábola que pronuncia, Jesús destaca que no todos los que reciben la semilla del sembrador la hacen fructificar (Mc 4,2-8). Eso es lo que lleva a Jesús a alegrarse porque la voluntad de Dios es haber “ocultado” estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas “revelado” a los pequeños (nêpiois). Esta tensión entre lo oculto y lo revelado será característica de esta parte central del primer Evangelio, por eso repetirá las durísimas palabras proféticas: “En ellos se cumple la profecía de Isaías: Oír, oirán, pero no entenderán, mirar, mirarán, pero no verán. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane” (Mt 13,14-15). La universalidad de la predicación de Jesús empieza en los “pequeños” y como tal, sólo quien “se haga como niño” puede entrar en el Reino de Dios (Mc 10,15).

La pregunta fundamental, entonces, es precisar cuál es la “voluntad de Dios”. En el A.T. está expresada como “establecer el derecho y la justicia” (la combinación de ambos términos ocurre 38 veces en la Biblia hebrea). Esto es particularmente claro en el texto de la metáfora de Israel como “viña de Yahvé” en el canto de Isaías: “Pues bien, viña de Yahveh Sebaot es la Casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantío exquisito. Esperaba de ellos derecho (mispat), y hay iniquidad (mispaj); justicia (tsedaqá), y hay clamores (tsehaqá)” (Is 5,7). Estos son los frutos que Yahvé esperaba de su viña-pueblo.

La “justicia y el derecho” tienen particular relación al interior del Pueblo de Israel que se ve a sí mismo como un pueblo de hermanos: “el/un hermano” es un término técnico para referir a los miembros del Pueblo de Israel (como se ve en el Sal 22,23: “¡Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la asamblea (hebr. qahal, gr. ekklesías) te alabaré!”

Jesús profundiza y radicaliza esta dimensión de fraternidad señalando a ese Dios del reino como “abbá”; si somos hermanos, es porque Dios es el Padre; algo que el A.T. había apenas señalado. El reino de Dios no puede comprenderse sin el Dios del Reino; ese Dios que revelándose como Padre nos revela como hermanos y hermanas. Pero esta fraternidad, para ser realmente tal, debe comenzar por los últimos, los que no son tenidos en cuenta en ese pueblo: los pobres y los niños (de ellos se afirma claramente que el reino es “de ellos”, cosa que se afirma también de los perseguidos, Mt 5,3.10; 19,14). Los pobres y los excluidos son el “desde dónde” se mide la pertenencia al reino, cosa difícil de aceptar para los “sabios y prudentes”.

Por otra parte, Jesús también se manifiesta él mismo como “parábola del Padre”, y su vida, praxis y testimonio nos manifiestan la voluntad de Dios y por tanto, nos revelan a Dios. Ante diferentes grupos “religiosos” de Israel que manifiestan su pertenencia con ayunos diversos, los discípulos de Jesús, como su maestro, se caracterizan por “comer y beber” (Lc 5,33; 7,34), pero en una comida que no respeta las consignas del “honor” que marcan primordialmente la cultura Mediterránea del s.I e impiden comer con quienes tienen “menos honor” que uno, sino que no teme en “contaminar” deshonrosamente a los que pertenecen a su grupo juntándose con publicanos, pecadores y pecadoras públicas, ex - endemoniados y endemoniadas, ex – mendigos, mujeres... Las mesas en las que él participa, suelen ser el testimonio del reino que predica y manifiesta, y por tanto, del Dios que revela; reino de acogida de pecadores, de pobres, lisiados, ciegos y cojos, de mujeres... Esa es la voluntad de Dios, el Reino al que “se entra”. Ese el Dios que Jesús “revela”.

Es imposible entender el “reino de Dios” – la “voluntad de Dios” - sin entender el universalismo de hermanas y hermanos que él predica en parábolas y en actitudes. Y esto revela a Dios. Jesús, al hablar del Reino nos “habla de Dios”, lo “revela”, ¡hace teo-logía!

Con mucha frecuencia, aplicando la “voz pasiva” (pasivum divinum) Jesús nos invita a mirar las cosas no como las miran los “ortodoxos” o los bien pensantes de su tiempo, sino como las mira Dios; cuando afirma –por ejemplo- que “el que se humilla será ensalzado” indica que Dios ensalza a ese tipo de personas, y humilla a los que a sí mismos -y la sociedad- ensalza (Lc 14,11; 18,14).

Si “hacer teología” es hablar de Dios y/o mirar las cosas como Dios las mira, Jesús nos invita a mirarlas “desde otro lado”, desde el Dios que es Padre y desde las hermanas y hermanos, que para ser verdaderamente tales, deben comenzar a ser recibidos desde los últimos y despreciados. No puede hacerse verdadera teología que no parta del Reino que Jesús revela, de los pobres como garantía de estar mirando desde donde Jesús mira, del Dios que se revela como “Padre” obligando a los que se creen más que otros, o por encima de otros, a verse a sí mismos como hermanos de los últimos.

 

Eduardo de la Serna

 

 

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[1] .- No faltó un asesor de una comisión vaticana que propuso que fuera declarada “licenciada de la Iglesia” para no equipararla a los doctores eminentes.

[2] .-Tal es el título de la bula de Juan Pablo II proclamando a Teresa de Lisieux doctora de la Iglesia.

[3] .- De allí que sea término frecuente en la literatura apocalíptica; ambos términos: misterio y revelación se atraen mutuamente.

[4] .- “Yo les juro ahora a ustedes, justos, por la gloria del Grande, el Honorable, el Fuerte en reinado y grandeza, les juro que conozco el misterio y he leído las tablas celestiales, he visto el libro de los santos y he encontrado lo escrito en él y anotado acerca de ellos: que todo bien, júbilo y honor está preparado y escrito para las almas de los que murieron en justicia y que mucho bien les será dado a ustedes en galardón por su esfuerzo y que su suerte será mejor que la de los vivos”. (1 Hen 103,1-3; el término también es muy frecuente en la literatura de Qumrán, etc,).